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Viernes, 2 Marzo, 2018 16:55
 

EL FERROCARRIL UNA CUESTIÓN NACIONAL

 

LAS HUELGAS FERROVIARIAS DE 1991 Y 1992

 

Por Armando A. Vivas * especial para Villa Crespo Digital

 

Julio del 2004

 

Los años ’90, sin duda, serán recordados como la década que con mayor saña y decisión, los eternos enemigos de los trabajadores y el país, concentraron fuerzas para vaciar, destruir, desguazar, y por último concesionar las -otrora motivo de orgullo nacional- empresas públicas.

Entre estas 26 empresas, que durante esos años llegaron a acaparar el 56,8% de todas las ganancias empresarias, Ferrocarriles Argentinos es la que, por su característica integradora del territorio nacional y porque su historia es en gran medida la historia de la construcción de nuestro país, tuvo mayor importancia.

Efectivamente, es cada vez más frecuente escuchar, ver y leer en distintos medios a los más variados personajes hablar y opinar efusivamente sobre el tema, y esto no deja de ser en alguna medida positivo, pues recoloca en la mesa de la discusión nacional, la cuestión ferroviaria en toda su dimensión.

Pero, también, es bueno señalar que en medio de tantas declaraciones, solicitadas y documentos, aparecen varios nombres y organizaciones que diez años atrás no tuvieron empacho en sentarse al festín de las privatizaciones que ofrecía el gobierno menemista.

Para ayudar a despejar la maleza del buen trigo, es necesario que aquellos a quienes nos tocó protagonizar momentos decisivos de esta infeliz historia, tomemos la palabra para que no nos distorsionen la memoria, y para ayudar a realizar el saludable ejercicio de extraer, de las experiencias pasadas, conclusiones que puedan ser útiles para la lucha presente.

Lo que sigue es solamente un punto de vista, un aporte a la discusión de uno de esos protagonistas. Habrá otros y es de esperar que también se expresen para realizar esta tarea entre todos.

 

       Se tensan las fuerzas

 

Lo primero que es necesario subrayar, es que este gigantesco “Ferrocidio” –magnífica definición del compañero Juan Carlos Cena, y que da título a su último libro- no fue gratuito para el gobierno de Menem, ni mucho menos pacífico: 45 días de huelga, ininterrumpida, en 1991 y 37 días en 1992, son evidencia generosa de que los trabajadores del riel supieron vender cara su derrota.

¿Qué había sucedido durante los meses previos a este proceso de resistencia?.

En el campo de los trabajadores se venía produciendo un amplio recambio de las direcciones de base en varias seccionales ferroviarias. Este fenómeno se manifestó en los cuatro gremios ferroviarios, aunque fue particularmente fuerte en las seccionales de La Fraternidad del Gran Buenos Aires, conductores de locomotoras y trenes eléctricos. Los jóvenes dirigentes que surgían fueron parte de la oleada antiburocrática que había sacudido ya varias estructuras sindicales del país. Se trataba de compañeros con poca y ninguna experiencia, pero con mucha confianza en sus propias fuerzas y sobre todo empujados, permanentemente, por la base que los había elegido. Se destacaban por su voluntad de lucha, la cual estaba fogoneada por la brutal caída que en esos años sufrió el poder adquisitivo del salario, se calculaba que ésta llegó a rozar el 180 % después de la hiperinflación bajo el gobierno de Alfonsín.

Por el lado de los trabajadores, entonces, se acumulaba bronca, se tensaban las fuerzas y se preparaban y moldeaban las armas que se utilizarían en la confrontación, que se avecinaba inevitable.

Por el lado del gobierno, los empresarios y políticos que apostaban a obtener jugosas ganancias, si finalmente se privatizaba, a los que rápidamente se sumaron los jerarcas sindicales de los gremios ferroviarios, entre todos se fue conformando una Alianza que iba delineando su proyecto y presentándolo en sociedad. Apuntaban a ganar la opinión mayoritaria de la sociedad, y para ello utilizaron todos los medios a su alcance: desde el vaciamiento de la empresa -incluyendo actos de sabotaje directos- hasta la nada sutil propaganda envenenada de periodistas mercenarios como Neustadt, Grondona, y otros. Una campaña sistemática destinada a convencer sobre la ineficiencia de las empresas publicas, desmoralizar a sus propios trabajadores, y preparar el terreno para la entrega, que poco a poco iba logrando su objetivo.

 

 La huelga

 

En el caluroso febrero de 1991 estalla la huelga, votada en vibrantes asambleas de un puñado de seccionales, para extenderse, rápidamente, a muchas otras.

Sus reclamos: elevar el básico de convenio a 2.000.000 de australes, ajustable según el costo de vida y un anticipo de urgencia de  1.500.000. Esto representaba un aumento de más del 100 %. La apuesta era fuerte y muchas las ganas de pelear por los derechos y la dignidad perdidos.

La huelga se apoyaba en dos pilares importantísimos: La democracia de asamblea y el Plenario de Seccionales. Se trataba de un mecanismo muy simple y a la vez muy contundente: todo se discutía y se votaba en asambleas absolutamente democráticas, en las que también se designaban delegados con mandato para representarlas en el Plenario, que se realizaba periódicamente en un lugar rotativo de reunión. Además, se había nombrado una Mesa de Enlace, responsable de llevar adelante las negociaciones y las relaciones con otros gremios y organizaciones. Esta Mesa estaba obligada a informar, exhaustivamente, sobre todas sus actividades, y sus miembros eran revocables por simple mayoría de votos en asamblea. Simple y contundente, rescatando lo mejor de la tradición obrera.

En la mayoría de los comunicados de prensa, circulares y volantes de la huelga se podía leer la siguiente frase al pie: “ Esta vez no habrá traición, esta vez dirigen las bases”.

No es difícil imaginar como crispaba los nervios de los burócratas semejante exhibición de democracia obrera. Todo esto representaba un real peligro para sus privilegios y había que eliminarlo. De tanto atacar e injuriar a los huelguistas, sin quererlo, un directivo de la Fraternidad terminó bautizando a los fraternales en lucha de pertenecer a las “ Seccionales Rebeldes”. Inmediatamente fue adoptado por el movimiento, a nadie se le había ocurrido un nombre que cuadrara mejor.

Estos trabajadores habían comprendido ya que era mucho lo que estaba en juego y de aquí en adelante todo dependería de sus propias decisiones y acciones... el destino de esta lucha estaba en sus manos. Y no alcanzaría un libro entero para describir la energía, abnegación y voluntad de lucha desplegada durante esos días.

Las tareas asumidas fueron innumerables: Impulsar el Fondo de Huelga con alcancías en puertas de fábricas, empresas y universidades, recolectar víveres y alimentos, editar y distribuir volantes y comunicados, garantizar la asistencia a asambleas y plenarios, organizar los piquetes de convencimiento para desalentar posibles “carnereadas” ,etc.,etc.,etc.

Pero sobre todo la gran tarea era vigilar y cuidar que nadie se atreviera a tomar una sola decisión sin consultarlos, ni se apartara un milímetro de lo que se había votado en la asamblea. Para eso los más activos se organizaban con micros y vehículos y viajaban varios kilómetros para acompañar al delegado que los representaba en el Plenario, constituyendo una ruidosa barra que con bombos cantos y silbatos alentaba. Y controlaba.

No nos vamos a cansar de insistir lo que fue esta formidable práctica de democracia obrera, una de las armas fundamentales que impidieron al gobierno lograr su objetivo de aplastar a los huelguistas en esta primera batalla.

Y eso que lo intentaron todo: Enviaron telegramas de despido a mansalva, amenazaron con militarizar a los ferroviarios como en 1961 y con cerrar los ramales que adhirieran al paro, organizaron carneros –algunos bastardos que se animaron con custodia policial a circular algunos trenes- intentaron sobornar a los dirigentes, y otras cosas por el estilo. La burocracia por su parte aportó lo suyo: se jugó entera para impedir que el paro se extendiera a todo el ferrocarril y se convirtiera en paro nacional, objetivo que finalmente logró y fue una carta importantísima para el gobierno.

Pero parecía que nada, nada podía intimidar a los porfiados ferroviarios.

 

Luego de 45 largos e intensos días, finalmente se consigue arrancarle al gobierno un importante aumento salarial y la reincorporación de todos los cesantes.

A primera vista se podía decir que se había alcanzado un triunfo formidable y en toda la línea. Sin embargo la realidad era bastante más compleja.

Si bien al gobierno no le quedó más remedio que realizar estas concesiones, nunca abandonó su proyecto y mantuvo la decisión política de llevarlo adelante. Era cuestión de tiempo.

 

MOVIMIENTO NACIONAL POR LA RECUPERACIÓN DE LOS FERROCARRILES ARGENTINOS

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