PERSONAJES                            

Otro hombre de Villa Crespo: de la cultura nacional

 

Leopoldo Marechal

 

Adán Buenosayres, su obra más conocida: fragmentos

 

Producción de Villa Crespo Digital

 

10 de diciembre del 2014 *

 

Adán Buenosayres (fragmento)

 

" La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido.

(…)

Lo más oneroso que hallo en Titania es su manía, ciertamente aborrecible, de subordinar las cosas del espíritu a las vagas, exquisitas e inefables titilaciones de su sensibilidad. No hay trozo de música, ni pensamiento metafísico, ni observación psicológica que no refiera ella inmediatamente a tal o cual manifestación de su gran simpático. "

 

El Poder de la Palabra

Libro Quinto, Parte I

 

"Que a tan doloroso extremo lo conducía." "Que solía conducirlo a extremo tan doloroso." "Que a extremo tan doloroso. . ."

 

Adán Buenosayres despierta con aquel jirón de frase que lo ha perseguido, como un tábano imbécil, en toda la extensión de su sueño. Y al abrir los ojos ve a su lado la figura de Irma, cuyas manos industriosas van y vienen sobre la bandeja del desayuno.

 

—¿Qué hora es? —le pregunta con infinito desaliento.

—Las diez y media —responde Irma.

"Que a tan doloroso extremo...”

 

—¿Llueve?

—Garúa.

 

"Y le dijo a Irma que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá..." ¡Basta! Se incorpora violentamente, y sus ojos desorientados recorren la habitación desierta. ¿Irma se ha escurrido ya? Tanto mejor.

 

La primera noción que se le aclara en el entendimiento le trae un gusto de hiel: recuerda que a cierta hora de aquel nuevo día tendrá que cumplir una serie de gestos ineluctables; que su rostro deberá ocupar un sitio en cierta y determinada constelación de rostros; que su voz pertenece a un coro de voces que aguardan la suya para levantarse. Y al reflexionar en ello, tiene conciencia de que no podrá ese día, ya que no halla en su voluntad ni un solo átomo vivo.

 

Sequedad y amargura en su boca: sí, es claro, la borrachera de ayer. Con la mayor economía de gestos Adán Buenosayres alarga su mano hasta la bandeja, vierte café puro en el tazón cotidiano y lo bebe a grandes sorbos. Delicia. Luego, no sin embutirse antes en su vieja salida de baño, se dirige a la ventana y escudriña el exterior: una luz brumosa, la misma que llena su cuarto, gravita sobre la ciudad, moja los techos, aceita las calles y esfuma los horizontes; diríase que la pulverizada ceniza de un volcán flota en el aire y se asienta blandamente sobre las cosas. Adán estudia las ramas esqueléticas de los paraísos que, faltos ya de sus hojas, aún se aferran con uñas avaras al racimo de oro de las semillas. Imaginación. En una soga de tender, allá enfrente, hay dos sábanas húmedas que chicotean y un calzoncillo gris lleno de viento. Y el viento anda también entre las hojas muertas, llevándose a carradas —oro y bronce— la rica metalurgia del otoño. ¡Sí, otra metáfora! En la calle, hombres y bestias desafían la bruma y son devorados por ella sin rumor alguno; porque adentro y afuera el silencio se ha extendido como una obra de tapicería. ¡Bien!

 

Sustrayéndose a su contemplación y al desaforado juego de las imágenes, Adán se dirige a su mesa, carga una pipa de horno ancho y la enciende. Un vellón de humo sube al techo: "¡Gloria al Gran Manitú, porque ha dado a los hombres la delicia del oppavoc!" Luego vuelve a su cama y recobra la horizontal: "Mejor es estar sentado que de pie, acostado que sentado, muerto que acostado." ¡Alegre sentencia!

 

Restituido a su grata inmovilidad (y la inmovilidad es una virtud de Dios, motor inmóvil), Adán Buenosayres recuerda los episodios de la noche anterior y su conducta personal en cada uno. Se asombra entonces al evocarse a sí mismo en tan extraña multiplicidad de gestos: ¡cuántas posiciones ha tomado y cuántas formas asumido el alma bruja en el espacio de una noche! Y entre tantos disfraces, la cara verdadera de su alma... ¡No! Adán se resiste a entregarse tan pronto al dolor de las ideas: es demasiado acogedora la luz que llena su habitación, y demasiado hermoso el silencio que ha traído la lluvia: el silencio y la luz parecen hermanos en aquella hora de ceniza; y luz y silencio, con su grata hermandad, le hacen posible ahora un comienzo de beatitud. Habiéndose negado él al entendimiento y a la voluntad, le queda sólo el juego de la memoria: cuando lo presente ya nada nos insinúa y lo futuro no tiene color delante de nuestros ojos, ¡bueno es dirigirlos a lo pasado, sí, allá, donde tan fácil es reconstruir las bellas y sepultadas islas del júbilo! Es una serie de Adanes muertos que se levantan de sus tumbas y le dicen ahora: ¿Te acuerdas? La pipa, fumada casi en ayunas, le produce una embriaguez gemela del silencio y la luz ("por eso la hoja seca es sagrada"). Y los Adanes gesticulan, allá en el fondo, y le dicen: ¿Te acuerdas?

 

...Y hubo cierta edad en que los días empezaban en una canción de tu madre:

 

Cuatro palomas blancas,

cuatro celestes:

Cuatro coloraditas

me dan la muerte.

 

Cruzabas por tus días y tus noches como por una serie de habitaciones blancas y negras. El petizo lobuno era un mañero del diablo: se arrancaba freno y bozal en un mojón del palenque, y abría las tranqueras con el hocico. ¡Y el pampa Casiano, que con tanto arte mataba perdices a tiro de rebenque!

 

O un revuelo de campanas locas te despertó al amanecer: ¡las romerías de Maipú! Era muy temprano aún, pero latía ya en la casa un acelerado pulso de fiesta: los hombres estaban algo duros en sus ropas de domingo; muy excitadas, las tías jóvenes desplegaban telas brillantes, removían frascos de olor, cuchicheaban entre sí o reían de pronto llenas de fuego; renegando en sonoras frases vascuenses, tío Francisco luchaba con una bota que se le resistía. Más tarde, al entrar en la iglesia, el abuelo Sebastián hundió en la pila toda su mano de cíclope; la sacó chorreando, tocaste aquellos dedos nudosos y te persignaste de rodillas. Después los hombres te llevaron al almacén de Olariaga, en cuyo palenque inmenso lucía ya una hilera de vistosos caballos: adentro, junto al mostrador, se cambiaban saludos fuertes y risas como detonaciones, entre un olor de vino priorato, de talabartería y de farmacia. Y la estudiantina española entró de súbito, rascando guitarras y violines: vestían trajes llenos de luces, calzón corto, medias blancas y sombreros con plumas, y los escoltaba un cardumen de chicos alborozados. Pero tus ojos no se demoraban en ello, sino en las tres o cuatro figuras inmóviles que sonreían vaso en mano, detrás del grupo y al margen de la batahola: como el abuelo Sebastián, aquellos paisanos eran, tal vez, del tiempo de Rosas, a juzgar por sus barbas de una blancura de vellón o sus rostros atezados y con más arrugas que un papel antiguo: llevaban todavía chiripá negro, botas de potro y desusadas nazarenas en los talones; y en tu asombro de niño los mirabas como si contemplases el mismo rostro de la aventura, pues no dejabas de vincularlos a los famosos arreos de hacienda rumbo al Chubut, a las travesías legendarias por médanos y tempestades, a toda la gesta del resero antiguo, cuyo elogio habías escuchado tantas veces en cocinas llenas de humo y en boca de forasteros que llegaban y se iban inexplicablemente, como el viento. Más tarde, a mediodía, los asados humeaban, tendidos ya sobre tizones, bajo una lluvia de salmuera. Y luego se armó el bailongo a cielo abierto, hasta que la noche austral cayó sobre músicos y bailarines.

Ahora te ves en el camino de Maipú a Las Armas, tra­zado en la llanura de horizonte a horizonte. Son los últi­mos días del verano y los primeros de tu adolescencia; y estás a caballo, detrás de cien novillos rojos, envuelto en la polvareda que levantan cuatrocientas pezuñas. Te han dejado calzar las botas negras que, con el poncho de vi­cuña y el facón de cabo de plata, constituyen la sola he­rencia que recibiste del abuelo Sebastián; y el uso de aquellas botas es, a tus ojos, un comienzo de la hombría. Montado en su pangaré memorable, tío Francisco, a tu derecha, mastica el tabaco negro "La Hija del Toro" que nunca faltó en su tabaquera de buche de avestruz; y al mirarlo ahora en calma, vuelve a tu imaginación aquella noche de tempestad en que tío Francisco, ante la tropi­lla de redomones que se le desbandaba por vez tercera, se tiró de su caballo al suelo, desenvainó su cuchillo, y levantando sus ojos a las alturas desafió al propio Dios, gritándole: "¡Bajá si sos hombre!" Al frente de la tropa van Justino y el pampa Casiano, uno a la derecha y el otro a la izquierda; todos llevan en el interior del chambergo una fresca rama de duraznillo blanco, porque ya es casi mediodía y el sol dispara sus rayos verticales, co­mo un arquero enfurecido. Y es verdad que el sudor cae de tu frente y deja en tus labios un gusto salobre, y que la polvareda enceguece tus ojos y reseca tus narices, y que se aturden tus oídos con el mugir de las bestias y el alalá de los arreadores. Pero tu corazón está repicando co­mo una campanita de fiesta, y no ambicionas otra suerte que la de avanzar por un camino trazado en la llanura de horizonte a horizonte, detrás de cien novillos rojos que arden como brasas a mediodía.

 

¿Desde cuándo te hablaban así las formas resplandecientes de las criaturas? ¿Desde cuándo te hablaban ellas en aquel idioma que no entendías aún claramente, pero que te adelantaba la certidumbre de lo bello, lo verdadero y lo bueno, y hacía lagrimear tus ojos, y despertaba en tu lengua la dolorosa comezón de responder con el mismo lenguaje? Ciertamente, una mañana, leyendo tu trabajo de colegial, don Bruno había dicho en clase: "Adán Buenosayres es un poeta"; y los chicos te observaron a fondo, como si te desconocieran. Pero, ¿desde cuándo? Señor, un niño que se aparta de los juegos, furtivamente, para tejer en los rincones una urdimbre de palabras musicales: "¡­Oh, la rosa, la triste rosa, la descarnada rosa!"

Tienes ahora dieciocho años, allá, en los campos de Santa Marta, y estás junto a Liberato Farías el domador: abajo la tierra es un gran círculo de color de espiga, trazado en torno de tus pies; arriba el cielo muestra su tez de jacinto, cúpula o flor, ¿quién sabe? Liberato ha ceñido ya sus crenchas lacias con un pañuelo de colores, y ahora se ajusta las espuelas, alegre y juicioso como un luchador que se dispone a otro combate. Veinte pasos al frente, mordiendo el freno por vez primera, con el lazo todavía en el cogote y sujetas ya las patas nerviosas con el maneador, el potro negro se revuelve, inquieto y relampagueante como una gota de mercurio: Almirón, el capataz, le agarrota el belfo con la manija de su rebenque; tío Francisco, sin soltar el lazo, estudia con ojo atento las ondulaciones del animal. Y tus miradas elogiosas discurren entre aquellas imágenes, deteniéndose, ya en el domador que a tu lado se calza, rodilla en tierra, ya en el bruto ajustado y tenso como una máquina de furor, ya en el cielo de tez de jacinto, ya en la tierra de color de espiga. Liberato está de pie; y ahora, llevándose a cuestas el envoltorio de su apero, se dirige cachazudamente hacia el grupo que ya le aguarda: no bien llega, clasifica en orden las piezas de su recado; y luego, acercándose al potro, lo recorre con ancha mano desde el pescuezo hasta la cola, semejante al músico que, antes de tocar, acaricia y tantea el cordaje de su guitarra. Las prendas del recado se deslizan ahora sobre el animal: sudaderas, mandil, caronas, bastos, la cincha que se aprieta con uñas y dientes, el cojinillo y el cinchón; mientras el potro, que ha vacilado entre el estupor y la ira, se decide al fin y trata de romper sus ataduras. Concluida la operación, Liberato monta juiciosamente y afirmándose apenas en el estribo se acomoda sobre los cueros; y sólo entonces, con amistoso ademán, ha solicitado a sus padrinos que se retiren y lo dejen a solas con su batalla. Tío Francisco deshace la manea y el lazo; Almirón suelta el belfo del animal; y uno y otro requieren sus caballos, a fin de acompañar al domador según las leyes del apadrinamiento. Sin embargo, el potro no se mueve aún, como si tuviese los remos clavados en la tierra: entonces Liberato le pone su rebenque delante de los ojos, y el animal, encabritándose, mantiene un instante la posición vertical, se sienta de pronto sobre sus cuartos, recobra el equilibrio, gira violentamente hacia la izquierda y luego hacia la derecha, no sabe si huir o revolcarse en el suelo con su jinete y todo, mientras el domador, a bárbaros tirones de rienda, le hace doblar el pescuezo en uno y otro sentido. Al fin, amontañándose todo y puesto el hocico entre las patas delanteras, el animal inicia su corcoveo, luchando por librarse del jinete que se le ciñe con el doble arco de sus piernas. Y fracasado ya todo su juego de violencias y astucias, el potro inicia una carrera loca rumbo al horizonte, asistido por su jinete que le da o le quita rienda. Tus ojos lo acompañaron en aquella fuga, y tus oídos oyeron el redoblar de los cascos en la tierra sonora como un tambor. Y viste luego cómo jinete y caballo regresaban del horizonte, puestos ya en armonía; y cómo el domador, tras apearse y echar abajo los cueros, palmeaba la cabeza del animal, como sellando con él un pacto inquebrantable. Te habías acercado al potro vestido de sudor, y le mirabas los ollares dilatados en ruidoso jadeo, la boca llena de sangre y espuma, los ojos húmedos de gotas calientes que al resbalar fingían el curso humano de las lágrimas. Y cuando acariciaste su belfo dolorido, llegó a tus narices el aliento vegetal del potro: un dulce y puro aliento de inocencia. Después acompañabas a Liberato hasta el aljibe fresco de aguas y musgos: apoyado en el brocal, el domador tenía la placidez juiciosa del combatiente que se ha purificado en otra batalla. Y mientras apuraba él su jarro chorreante, advertiste cómo sus ojos azules, puestos en el cenit, se humedecían de delicia. Entonces te alejaste por una tierra de color de espiga y bajo un cielo de jacinto, rumiando en tu corazón lleno de alabanzas la promesa de un canto que todavía no escribiste.

 

Y ahora te hallas en Buenos Aires, forastero y estudioso de la gran ciudad, a la que acabas de llegar, portador de un mensaje de frescura que no sabes manifestar aún, como no sea en exclamación o balbuceo:

 

En el corimbo rojo de la mañana zumban tus abejorros, Maravilla.

 

¿Qué viento extraño (providencia o azar) ha reunido esa falange de hombres a la que ahora perteneces, esa mazorca de hombres musicales que han llegado, como tú, de climas distintos y sangres diferentes? Estos regresan del mar, y traen entusiastas misivas de otro mundo; aquéllos han dejado sus provincias, embajadores de una tierra y de una luz; otros llegan de la misma ciudad, nerviosos como ella y ágiles y nocturnos. Y no bien se han reunido todas aquellas voces, empiezan a combatir y a combatirse, hermanas en el fervor, pero enemigas ya en el rumbo y en el idioma. El mismo nombre de la falange: "Santos Vega", tiene un valor simbólico que no se define todavía. ¿Trátase de rescatar una música robada, un noble canto prisionero? Sí. Pero este cántico y aquella música deben salir enriquecidos de su cautiverio, si es verdad que Juan sin Ropa, el vencedor, ha triunfado con el número de lo universal. ¿Recuerdas las noches del "Royal Keller", las polémicas junto al río, y aquellos retornos, al amanecer, con el espíritu en ascuas y los ojos desvelados? Escuchas todas las voces amigas que se combaten; pero callas aún, porque el silencio y la reserva son estigmas que se adquieren en la llanura, donde la voz humana parece intimidarse ante la vastedad de la tierra y la gravitación del cielo. Y cuando logras hablar por fin, lo haces en un idioma que se cree bárbaro y en un tropel de imágenes que se cree desordenadas. Tus partidarios elogian: "Una poética virgen, sin número ni medida, como los grandes ríos de la patria, como sus llanos y sus montes." Y ya, desde el comienzo, entre tus partidarios y tu alma se abre una firme disidencia: ellos no saben que, al edificar tus poemas con imágenes que no guardan entre sí ninguna ilación, lo haces para vencer al Tiempo, manifestado en la triste sucesión de las cosas, y a fin de que las cosas vivan en tu canto un gozoso presente; ignoran ellos que, al reunir en una imagen dos formas demasiado lejanas entre sí, lo haces para derrotar al Espacio y la lejanía, de modo tal que lo distante se reúna en la unidad gozosa de tu poema. No lo saben ellos, y no te atreves a decírselo, porque el silencio y la reserva son estigmas que se adquieren en la llanura. No te atreves a decírselo, porque tal vez no han escuchado ellos en su niñez la admonición del Tiempo que roe la casa y marchita los dulces rostros familiares, ni por las noches han llorado de angustia, con los ojos perdidos en la tremenda lejanía de las constelaciones pampeanas.

 

¡Al fin adviertes la locura de tu ambición! Enajenada ya de su metafísico anhelo, tu poética no es, en el fondo, sino un caos musical: y ese caos te duele. Sí, un llamado al orden, que sin duda viene de tu sangre. Te será preciso buscar la cifra que sabe construir el orden: contra lo que afirman tus partidarios, no es la tierra innúmera quien te dará ese guarismo creador: bien sabes que la tierra, lejos de darlo, recibe su número del hombre, porque el hombre es la verdadera forma de la tierra. Y es en tu sangre donde buscarás aquella medida, la que trajeron los tuyos del otro lado del mar: necesitas readquirir ese número; y para ello es menester que lo veas encarnado en la obra de tu estirpe, allende las grandes aguas. Es así como la exaltación del viaje se adueña de tu ser.

 

Habías cruzado el mar, y tus ojos, frescos de aguas amargas y de vientos navales, habían presenciado aquella mutación del cielo: una entrañable ausencia de constelaciones que no saltaban ya la línea del horizonte austral, y un advenimiento de nuevas formas celestes, allá, en el norte congelado, a la hora del anochecer. Estabas en un puerto de Galicia, y tu soledad ya tendía sus brazos a las formas y colores de otro mundo: el día invernal apenas alboreaba en un horizonte de hierro; al frente, las tres islas también eran de hierro, y de hierro fundido eran las olas que azotaban la escollera y hacían bailar a los navíos en torno de sus anclas; girando sobre las embarcaciones, rozando el agua o picoteando la espuma, chillaban las gaviotas, como una sola hambre partida en mil pedazos. La ciudad, a tus espaldas, no había salido aún de su modorra; pero junto al malecón aguardaban ya figuras inmóviles y sin otra vida que la de sus ojos adentrados en el mar todavía nocturno. Entonces, yendo a lo largo del malecón, te llegaste a la caleta de los pescadores: grandes hembras taciturnas remendaban allí las redes extendidas en un suelo pringoso y brillante de escamas; junto a las mujeres, niños adormilados todavía cebaban los anzuelos con hígado de atún. El mar y el viento sostenían allá un diálogo que se inspiraba en la violencia, y que al interrumpirse de súbito permitió escuchar el clarín terrestre de un gallo madrugador. Y de pronto figuras rígidas, cuerpos entumecidos y caras de piedra se animaron y se pusieron a gritar en la dirección del agua; y voces rudas que venían del agua respondieron en la sombra. Eran los cosechadores del mar, que regresaban al muelle: recortándose ya en el fondo vago del amanecer, distinguías las proas afiladas, los mástiles escuetos y los hombres que, aferrándose a las cuerdas, gritaban algo, salutación o lamento. Y como si aquellos hombres hubieran pescado el día y lo trajesen a remolque, la luz creció en torno y se encendió la tierra como una lámpara. Después aquellas manos rústicas expusieron delante de tus ojos la riqueza del mar, los frutos resplandecientes del agua: un universo de tentáculos que se retorcían aún, de conchas multicolores, de nácares y escamas, de pulpas tintóreas que aún sangraban y latían como si hubieran sido las recién arrancadas vísceras del mar. Y como antaño en la llanura, tu alma no tenía en aquel instante otra voz que la del elogio: elogio de tantas formas puras, encarecimiento de la vida heroica, alabanza del Hacedor que da los frutos y que, si los ubica en la rama difícil, es para que, al cosecharlos, el hombre coseche al mismo tiempo la hermosa y dolorida flor de la penitencia.

 

Estás ahora en el solar cantábrico, tierra de tus mayores: es la montaña en la que recuerda el Globo su envergadura de animal celeste; la montaña que yergue su cabeza desnuda, ciñe a sus flancos un vestido de tierra, saca todavía en el valle un recio codo de granito y santifica luego su piedra en una catedral; y es el terruño labrado como una joya, y el asombro del agua que aventura un salto en la luz y cae al pie de los robles dorados en invierno. Aquel paisaje, cuya nostálgica descripción habías oído tantas veces en la llanura de Maipú y en boca de tus abuelos, esboza delante de tus ojos un gesto familiar como de reconocimiento y bienvenida: son familiares los rostros que forman círculo alrededor de la mesa, las grandes manos que te cortan el pan y vierten en tu jarro una sidra nueva, el idioma sonoro y las canciones que, también desterradas, acunaron tu niñez en otro mundo. Y es, justamente, un sabor de infancia lo que aquellas voces y aquellos rostros devuelven a tu ser: un sabor perdido que regresa con toda su delicia, semejante al que suele sugerirte aún el olor entrañable de una planta, de un viejo mueble o de una tela descolorida.

 

Pero el fervor de tu sangre no admite demoras, y atraviesas ya los campos de Castilla, sus rojos labrantíos y verdores amenos. Es la misma tierra que vio un doble prodigio en la marcha de sus héroes y la levitación de sus santos: a la sombra de aquel pastor que se apoya en su cayado, Salicio y Nemoroso bien pueden entrelazar aún las mojadas voces de su égloga; y entre aquellas verduras, no extrañaría que Don Quijote repitiese su alabanza de los tiempos dorados. En dondequiera que se abren tus ojos, hallas la verdad, el número eterno y la medida justa escritos en piedra fiel, metales duros o exaltadas maderas. Y, ciertamente, al aprender la ciencia de los muertos, no desmaya tu ánimo en elegías finales: ¡ah, cómo te acicatea ya el anhelo de continuar aquellas voces, de recoger aquellos números y darles otra primavera, lejos de allí, en tus campos alborozados, junto al río natal!

 

Árboles recelosos aventuraban apenas sus primeras yemas, y una luz verde se presentía ya en los sauces deshilachados junto al río, cuando tus ojos y los de Camille vieron el agua de color de llanto. Era el primer día de mayo, y estabas en París, entre aquellos hombres sutiles en cuyas venas corría una sangre familiar a la tuya y en los cuales una región de tu espíritu se miraba como en un espejo. El baile de "La Horde" celebraría esa noche los maitines de la primavera, y no es extraño que te hallaras, en aquel tenducho de disfraces, con el griego Atanasio, Larbaud, Van Schilt y Arredondo el jujeño. En los trajes de alquiler perduraba un olor de rancios y festivos sudores, y un silencio amasado con todas las risas muertas parecía llenar el hueco de las máscaras prostituidas muchas veces. Con todo, había demasiado ruido en las almas (en la tuya, en las de tus amigos); y cuando Van Schilt ensayó una barba roja en su mentón de filibustero, la risa de Camille tintineó largamente junto a las telas rugosas y los cascabeles enmohecidos. ¡Noche, paréntesis de locura! ¿Qué nudo se había soltado en tu corazón? El recinto inmenso resplandecía bajo la luz de cien arañas, y músicos inspirados en antiguas barbaries hacían gritar los cobres y rugir las maderas: una tribu de monos pintarrajeados hasta el delirio te arrastraba en aquel instante hacia el centro del salón; te debatías, riendo, entre brazos y abdómenes lustrosos de aceite; dabas y recibías golpes en pleno rostro; un labio te sangraba ya, y entre tus dedos pendían arrancados jirones de barbas y pelambreras artificiales. Luego, acabada la ceremonia con que se había celebrado tu bautismo de locura, te uniste a los monos iniciáticos y la noción del tiempo se desvaneció en la sala de baile. ¡Hurra! Frentes pesadas como frutos, entendimientos alertas, voluntades insomnes y doloridas memorias rompieron sus cárceles en desalada evasión. ¡Hurra! Tu ser había saltado sus fronteras y zozobraba, navío ebrio, en un maremágnum de formas absurdas, brutales desnudeces, gestos indecibles, colores que rayaban los ojos y vocablos que hacían estallar los tímpanos. Te preguntas ahora: ¿qué nudo se había soltado en mi corazón? Y te respondes: había demasiado ruido en las almas. El sortilegio estaba roto al amanecer, cuando llegaste con los tuyos al café "Du Dôme": así como el océano, al retirarse, abandona sobre la playa restos monstruosos arrancados a su profundidad, así el reflujo de aquella noche había dejado en la terraza fríos despojos de borrachera y aquelarre. En el umbral del café un organillero sonreía, vaso en mano, antiguo y bondadoso habitante del alba; un castaño del bulevar exhibía frente a la terraza el exaltado gesto de sus primeras hojas. Y sucedió entonces que Larbaud, apoderándose del organillo, comenzó a darle vueltas al manubrio, bajo la mirada benévola del organillero, mientras los fantasmas del "Dôme", redimidos de aquella música, iniciaban una ronda en torno del castaño primaveral. Volvías más tarde a tu habitación, con tu ramito de "muguets" en la solapa. De rodillas en el suelo, la vieja Melanie fregaba como de costumbre, reptante y mínima entre sus escobas. La hiciste poner de pie, y arrancándolo de tu solapa le diste aquel ramito de flores augurales. Y cuando Melanie, deshecha en lágrimas, lo apretó contra sus labios resecos, entendiste cómo podía regalarse toda la primavera en un manojo de florecitas blancas.

 

¡Mañanas fragantes de Sanary, junto al mar latino! Monsieur Duparc, tu maestro de armas, desciende ya el áspero sendero de las higueras: acabas de recibir tu lección matinal en aquella plataforma de verdura, bajo los pinos que crujen en la mano del viento cual otros tantos mástiles de bergantín y, sin abandonar aún el florete y la máscara, contemplas desde tu altura un pequeño universo de formas que cantan al sol. A tu izquierda está el edificio de la quinta, en cuya terraza Badi, Morera y Raquel están pintando con los ojos vueltos hacia el mar; detrás del edificio, y emboscado en la maraña, Butler acomoda su caballete, absorto ya en el color verdenigma que le proponen los olivares; la era redonda se dibuja más lejos, y sentada en su borde madame Fine, la propietaria, cuenta, elige y adora sus bulbos de narciso; a tu alrededor colinas asoleadas, viñedos y olivos resplandecen hasta el horizonte; al frente se abre la pequeña bahía de Sanary, con su mar de color violeta, sus montañas al fondo y su caserío blanco, celeste y rosa instalado en la ribera como una bandada de palomas dormidas. Comienzas a sentir una embriaguez más pura que la del vino, y algo así como un preludio de canto aletea en tu ser cuando bajas al mar por el sendero de las higueras: coleópteros azules y negros huyen de entre tus pies; bajo tu sandalia ruedan los guijarros y crujen las conchas marinas; los caracoles dibujan sus trazos brillantes en la musgosa piedra de los taludes; alto ya, el sol enardece toda savia, y un olor de fragantes resinas desciende como tú de la tierra al mar. Y de pronto, una gran revelación de índigo entre los cipreses: el Mediterráneo. Allá, como de costumbre, te aguarda Ivonne: no existe lazo alguno entre tú y aquella sutil adolescente, como no sea el de la curiosidad y el asombro que cambian entre sí dos mundos extraños al encontrarse por azar: ignoras qué medida y qué forma tienes delante de sus ojos, pero, a los tuyos, aquella grave criatura sólo es un objeto de contemplación, y la miras ahora en quietud de ánimo, tal como si miraras una vibrante palmera de mediodía. Está recostada en las arenas, amiga del sol y parienta del agua: su desnudez tiene aquel aire ceñido y tenso del pimpollo antes de llamarse rosa; el sol hace brillar la pelusilla de oro que la cubre, y, al mirarla, recuerdas el huerto de Maipú y un color de membrillos afelpados, a la hora de la siesta. Los ojos de Ivonne son verdes y niños, ojos de halcón de montaña, como los de la reina Ginebra; pero en la infancia de aquellos ojos hay una luz grave, como si muchos ojos enterrados miraran por ellos todavía. Silvestre y niña es la voz de tu compañera; pero en su voz hay un refinamiento de trabajada música, tal como si por aquella voz cantasen aún mil bocas muertas. Y te habla de su castillo, en Avignon, y de una soledad establecida entre aromas viejos, heladas armaduras y retratos que miran eternamente; o de su abuelo, el comodoro, abismado en un ensueño de primaveras asiáticas, de las cuales ha guardado recuerdos marchitos y siempre verdes melancolías. Le respondes con alguna evocación de tus pampas, o con fragmentos del canto naciente que bordonea en tu ser y es ya un elogio de las umbrías provenzales, a cuya sombra tal vez ha discurrido ya con un centauro, o un elogio de aquel mar sobre cuyo rumor has oído acaso las voces antiguas de Jasón o de Ulises, y en cuyo lecho, sobre corales y esponjas, yace todavía el cráneo de aquel Palinuro que se durmió una noche bajo las estrellas. Y mientras hablas, el alférez Blanchard, casi un niño, te mira desde lejos con silenciosa desesperación. Luego entras en el mar, con la mano de Ivonne entre la tuya; la espuma cándida se alborota y encrespa en tus rodillas; y tienes la impresión de avanzar ahora, como en Maipú, entre una densa y caliente majada de corderos.

 

Habrías detenido aquel hermoso tiempo, y edificado una eternidad con lo mejor de aquellas horas estivales; pero el sol ha entrado en Libra, y los viñedos enrojecen al anuncio del otoño. Durante la mañana y la tarde has vendimiado, con tus amigos, la viña de madame Fine: los racimos polvorientos han enriquecido las cestas de mimbre y están ahora en el lagar, esperando su transformación dionisíaca. Por la noche se dará un baile rústico en la colina: Badi, Morera y Butler disponen ya el arreglo de la casa, mientras que madame Fine, con estudioso método, explora los rincones de su bodega. Es la víspera de tu marcha, y en el semblante de las cosas te parece advertir un gesto de adiós. Horas después, en medio de la noche, guías a los invitados por el sendero que conduce a la casa: la tiniebla, el silencio y la soledad han puesto en boca de madame Aubert una sombría historia de aparecidos; y la imaginación de tus acompañantes ya está excitada, cuando llegas con ellos frente a la colina. El portón de hierro chirría lúgubremente al abrirse: ¡bien chirriado, portón! Uno a uno los invitados trasponen el umbral, y sus ojos tratan ahora de orientarse en la negrura. De pronto gritan las mujeres, pues acaban de tropezar con piernas oscilantes de ahorcado; ríen luego, al abatir los dos o tres peleles que Badi colgó de las higueras. Y entonces una luz de bengala, chisporroteando súbitamente en el olivar, hiere los ojos, pone un temblor azogado en las sombras e ilumina el baile de dos fantasmas que hacen cabriolas en la era, mientras alguien, hombre o diablo, aúlla entre los pinos inmóviles. Cuando el silencio y la negrura se han reconstruido, enciéndense todas las luces de la casa, irrumpe la música; y madame Fine, desde la terraza, ofrece a los invitados que llegan el primer vino de la noche. Giran las parejas en la terraza: el alférez Blanchard, casi un niño, baila con Ivorine, la cual parece distante y sola entre sus brazos. En el ángulo derecho de la terraza, las viejas dames, copa en mano, sacan a relucir el esplendor de sus antiguos días; las tres adolescentes de Nimes, en el ángulo izquierdo, juntan sus cabecitas de oro, cambian entre sí angustiosas impresiones de aquel mundo que no se les abre todavía, y picotean con sus largos dedos las uvas negras de una fuente que Butler ha colocado en la barandilla de la terraza con la intención de pintar una nature morte. Cuando cesa la música, se oye un coro de voces que cantan en el pinar una vieja canción de vendimia, o el murmullo excitado de los niños que asaltan en la sombra las higueras. Después, como la luna se levanta sobre los collados, el baile continúa en la era del trigo. Bailas con Ivonne, y una vez más el alférez Blanchard, tras de mirarte con angustia, se aleja entre los olivos del huerto: es necesario que le hables esa noche y le digas qué valor tiene aquella mujer a tus ojos. Pero, cuando sales a su encuentro en el olivar, sólo le anuncias tu partida: lees la sorpresa, el gozo y la turbación en aquel semblante de niño; y en el fervor de sus palabras te sientes ya lejano, como si hubieras partido hace muchas horas. Con todo, el alférez Blanchard se resiste a darte aún el adiós definitivo: quiere despedirte mañana, en su nave de guerra. Es así cómo al día siguiente cruzas las aguas de Tolón en una canoa que vuela por entre grises acorazados: trepas la escalerilla del "Bretagne", y conducido por Blanchard avanzas a la sombra de los grandes cañones. Y ciertamente, se han cambiado luego brindis tan numerosos como imprecisos en la cantina de los oficiales: después, en su férreo camarote, Blanchard te ha leído versos de su cosecha, en el tono de Rimbaud. Atardecer final en Sanary junto a la torre fenicia que aún se levanta en el extremo del promontorio: el mar lame las rocas llenas de valvas negras, y aunque no corre viento, los pinos guardan su inclinación de combate, como si los doblegara un mistral invisible. Tu sombra y la de Ivonne se alargan, paralelas: has ignorado la forma que tienes tú delante de sus ojos, pero sus ojos lloran en el instante definitivo. Y regresas al fin, en soledad de cuerpo y alma. “¡Pudo ser! ¡Pudo ser!", aúlla un demonio en las colinas distantes.

 

Tras aquella dispersión alegre de Sanary, en que tu ser contestó a las mil solicitudes de la hermosura, iniciabas ahora un movimiento de repliegue sobre ti mismo. Bien conocías ya las cuatro estaciones de tu espíritu. Y sus dos movimientos ineluctables: el de la expansión loca y el de la reflexiva concentración; y bien sabías,que un otoño de tu alma correspondería esta vez al ya visible otoño de la tierra. Estabas en Roma, solo y en soliloquio: aquella mañana recorrías la Vía Apia, entre abatidos monumentos. Acababas de abandonar la catacumba de San Calixto, donde sangres y llantos resecos, hedores terrestres y celestiales aromas, cánticos y sollozos eternizaban su invisible presencia. Y tu corazón había iniciado allí el camino de angustia que recorres aún y cuyo término acaso no sea de este mundo. Afuera brillaba el sol, alto ya sobre la campiña: el acueducto, a los lejos, imponía su fábrica severa; desde un aeródromo cercano llegó de súbito un ronroneo de motores, y dejaste de oír aquel otro que zumbaban entre florecitas las guardosas abejas de Virgilio. Antes de reanudar tu paseo, habías aspirado el olor amargo de los cipreses y acariciado las piedras tumbales que, a esa hora, tenían bajo el sol una temperatura de animal dormido. Remontabas luego la vía de los Césares, en cuya soledad y ruina tu imaginación evocaba tantos arreos de guerra, tanta música en el aire, tanto broncíneo carro, tanta caballería de orgulloso pescuezo. Y sobre la disolución de aquel mundo, tu alma, como tantas otras veces desde tu niñez, oía la lección del tiempo y le replicaba con su viejo grito de rebeldía lanzado —lo sabes ahora— desde su esencia inmortal. Regresabas después a tu alojamiento romano, entre las demoliciones de un suburbio en el cual obreros arqueólogos removían y escrutaban la tierra. Y de pronto voces excitadas te llevaron hasta una pobre alcoba en ruinas: por el techo demolido entraba una luz que hacía chillar los colores vulgares del empapelado, las grasientas chorreaduras y las improntas humanas de aquel chiribitil alquilado muchas veces; pero en el centro del cuartujo se había cavado un foso, y por él asomaba la columna. Los obreros le habían quitado ya su mortaja de greda, y una vez más la columna exhibía su gracia bajo el sol, inmutable como la verdad que se manifiesta o se oculta, según la hora y el sitio, pero que, ya enterrada o ya al sol, es única, eterna y siempre fiel a sí misma.

 

Por senderos montañeses y huellas de cabras has ascendido hasta el viejo monasterio levantado en plena soledad. Una razón de arte, y no un motivo piadoso, te ha guiado en aquel ascenso matutino. Y al entrar en la capilla desierta se deslumbran tus ojos: frescos y tablas de colores paradisíacos, bajorrelieves adorables, maderas trabajadas, bronces y cristalerías gozan allá la inmarcesible primavera de su hermosura. Y estás preguntándote ya quién ha reunido, y para quién, tanta belleza en aquel desierto rincón de la montaña, cuando una fila de monjes negros aparece junto al altar y se ubica sin ruido en los tallados asientos del coro. Y te asustas, porque sólo te ha guiado una razón de arte. No bien el Celebrante inicia la aspersión del agua, los del coro entonan el Asperges. La casulla roja, con su cruz bordada en oro, resplandece luego sobre el alba purísima que viste aquel mudo sacrificador: en su antebrazo izquierdo cuelga ya el manípulo rojo sangre como la casulla. Y cuando el Celebrante sube las gradas del altar lleno de florecillas rojas, los monjes de pie cantan el Introito. A continuación los Kiries desolados, el Gloria triunfante, la severa Epístola, el Evangelio de amor y el fogoso Credo resuenan en la nave solitaria. Y escuchas desde tu escondite, como un ladrón sorprendido, porque sólo te ha guiado una razón de arte. Ofrecidos ya el pan y el vino, una crencha de humo brota en el incensario de plata; y el Celebrante inciensa las ofrendas, el Crucifijo, las dos alas del altar; devolviendo el incensario al acólito, recibe a su vez el incienso y lo agradece con una reverencia; en seguida el acólito se dirige a los monjes y los inciensa, uno por uno. Y sigues atentamente aquella estudiada multiplicidad de gestos cuyo significado no alcanzas; y, no sin inquietud, piensas ya que tan solemne liturgia se desarrolla sin espectador alguno y en un desierto rincón de la montaña, tal una sublime comedia que actores locos representasen en un teatro vacío.

Pero de súbito, cuando sobre la cabeza del Celebrante se yergue la Forma blanca, te parece adivinar allí una presencia invisible que llena todo el ámbito y en silencio recibe aquel tributo de adoración, la presencia de un Espectador inmutable, sin principio ni fin, mucho más real que aquellos actores transitivos y aquel teatro perecedero. Y un terror divino humedece tu piel, y tiemblas en tu escondite de ladrón; porque sólo te ha guiado una razón de arte.

 

El invierno te había sorprendido en Amsterdam: días y noches que llegaban y se desvanecían bajo cielos de pizarra o de hulla. Tu soledad había llegado a ser una cosa perfecta, entre hombres y mujeres que se te cerraban cual otros tantos mundos. Y te replegaste sobre ti mismo, hasta convertirte al fin en aquella criatura de vida extraña que durante un invierno quemó sus puentes y se atrincheró en el reducto de una habitación flamenca. Tu régimen de vígilia y de sueño no acataba ley ninguna, como no fuese la que le imponían aquellas lecturas dolorosas: eran libros de ciencias olvidadas, herméticos y tentadores como jardines prohibidos; y te habían revelado ya la noción de un universo cuyos límites dilatábanse hasta lo vertiginoso, en una sucesión de mundos ordenados como las vueltas de una espiral infinita. Pero tu razón trastabillaba en aquella floresta de símbolos que no se habían trazado para ella; y disminuía tu ser, en progresivo aniquilamiento, a medida que la noción de aquel macrocrosmo gigante se dilataba frente a tus ojos. Cierto es que se te proponía una ruta de liberación, mediante la cual tu ser abandonaba el círculo de las formas; pero las vías eran tan oscuras y tan indescifrables los itinerarios, que tu razón acababa por desmayar sobre los libros. A veces una iluminación inesperada se producía en el vértice de tu entendimiento, y era el gusto sabroso de aquellas intuiciones lo que te sostenía y alentaba en el áspero camino de tus lecturas. Otras veces tus ojos caían derrotados ante las letras que bailoteaban como pequeños demonios: y entonces, desertando tu alcoba, recorrías los muelles helados, junto a las barcazas que dormitaban en los canales bajo un cielo de pizarra o de hulla. Volvías al anochecer, para recobrar en tu habitación la misma fiebre que más tarde se prolongaba en tu sueño mediante figuras turbadoras: soñabas que una cadena infinita de muertes y de nacimientos conducía tus pasos a través de mundos en los cuales tu ser cobraba mil formas absurdas; o que te hallabas en la Ciudad Alquímica, trasponiendo sus veinte puertas del error y vagando en torno de su muralla inaccesible, sin dar con la puerta única que conduce al secreto del Oro; y es así como tu cuerpo y tu alma se consumían en aquel universo abstracto. Caminabas un anochecer por los jardines de Wundel, cuando las exclamaciones gozosas de los paseantes reclamaron tu atención: hombres, mujeres y niños gritaban, señalando el cielo donde millares de golondrinas que regresaban al norte se unían y estrechaban en lo alto hasta formar una espesa nube de color de tinta; miles de alas doloridas, corazoncitos batientes, colas alisadas por muchos vendavales y ojuelos en que aún lucía el sol de otras latitudes, se apretujaban en el cenit, vacilando antes de resolverse a caer sobre la tierra. Y las gentes, al influjo de aquel signo primaveral, fundían sus hielos interiores, derribaban sus muros, reconstruían los rotos puentes del idioma y la sonrisa. De súbito, algo así como el cuello de una tromba se alargó desde la nube; y una columna de golondrinas, bajando lentamente hasta los árboles desnudos, los fue vistiendo de alas y rumores. No regresaste a tu cámara de torturas: el siguiente día te vio en los campos de Leyden, entre apretadas florestas de tulipanes rojos, blancos y amarillos.

 

Te ves por fin en la isla de Madeira, un viejo cono de montaña que se yergue sobre las olas. Acabas de hacer un alto en la mitad de su descenso, y sentado a la sombra de un laurel muerdes un níspero gigante que se desangra en chorritos de zumo. Flores y frutas despliegan a tu alrededor un entusiasmo edénico; sobre la piedra caliente se tuestan verdosos lagartos; el sol asaetea la isla y el mar que la ciñe con su doble abrazo de espumas. Luego contemplas tu buque anclado en la rada y circundado de canoas desde las cuales nadadores isleños se lanzan al mar en busca de monedas que alguien les arroja. Has estado leyendo el "Critias" platónico, los amores de Poseidón y la gloria de Atlántida la inmersa, uno de cuyos restos acaso pisas ahora. Vuelves a recordar aquella frase: "De la isla central sacaron la piedra que necesitaban: había piedra blanca, negra y roja." Y cuando al fin desciendes al embarcadero, observas que las olas arrastran en la orilla pedruscos negros, rojos y blancos.

 

A tu regreso habían realizado aquella nueva confrontación de dos mundos. Volvías a tu patria con una exaltación dolorosa que se manifestaba en urgencias de acción y de pasión, y en un deseo de hacer vibrar las cuerdas libres de tu mundo según el ambicioso estilo que te habían enseñado las cosas de allende. Pero tu mundo escuchaba en frío aquel mensaje de grandeza; y en su frialdad no leías, ciertamente, una falta de vocación por lo grande, sino el indicio de que todavía no era llegada la hora. Después había caído sobre ti la noche verdadera.

 

Adán Buenosayres vuelve a cargar su pipa: llueve otra vez con fuerza detrás de su ventana. Quiere aferrarse aún a las imágenes que ha revivido y calentado en su memoria; pero las imágenes huyen, se pierden en la lejanía, regresan a sus borrosos cementerios. Lo pasado es ya una rama seca, nada le anuncia lo presente, y lo porvenir no tiene color delante de sus ojos. Queda un Adán vacío frente a una ventana desierta.

 

"Que a tan doloroso extremo lo conducía..."

 

Libro Quinto, Parte II

 

—Usted, Madre, ¿tiene conciencia de su responsabilidad frente al Hijo, que se lanzará muy pronto a las tormentas de la vida, sin otras armas espirituales y morales que las que se templan en el hogar? Hogar dije, ¡santa palabra! Madre, ¿ha reflexionado en los peligros que acechan a su criatura, si usted la deja librada, como en este caso, a las tentaciones de la calle?

 

El Director aguarda una respuesta, y zahiere a la madre con sus ojitos pletóricos de severidad: es un hombre de voz meliflua, bien que su color de tierra, sus facciones talladas a cuchillo, su torso rústico y cierta melancolía espesa que mana de su ser como la goma de un árbol, lo denuncian hijo auténtico de Saturno. Usa y abusa de un traje verdicelestegrís, con tonos de esponja y raras vislumbres de índigo, colores asombrosos que, según afirma el erudito Di Fiore, sólo es dable conseguir en el taller de la intemperie o en el de la más avarienta economía. Sin embargo, tres notas vehementes alegran el conjunto: una camisa de color de vómito de urraca (según lo ha definido Adán Buenosayres), el verde frenético de un corbatín y los botines de un amarillo alucinatorio.

 

—¡Conteste, Madre! —insiste ahora el Director, encabritándose pedagógicamente.

 

Pero la mujer se abroquela en un silencio humilde y sostenido como el de los vegetales: está de pie, con sus brazos que se le comban alrededor del vientre y sus ojos rendidos a la magia de los botines hipnóticos. Ciertamente, su entendimiento boya intacto en la superficie de aquel discurso que no ha entendido ni entendería nunca.

 

—No llorará —susurra entonces el puntano Quiroga en el grupo de maestros que integra con Adán Buenosayres, el gordo Henríquez y Di Fiore, junto al ventanal de la Dirección, a través de cuyos cristales es dado ver un cielo gris y preñado de lluvia.

 

El gordo Henríquez, embalsamador de pájaros, clava en la Madre sus fríos ojos de Anubis.

 

—Dura como una roca —dice al fin, volviendo a considerar una golondrina muerta que yace en el hueco de su mano.

 

—¡Más le valiera llorar a tiempo! —refunfuña entre dientes Adán Buenosayres— La pobre se ahorraría lo que falta del maldito discurso, dándole a Pestalozzi una satisfacción de primer grado. El segundo grado se alcanzará no bien el chico llore viendo llorar a la madre. Y el tercero dará fin a la obra, cuando Pestalozzi llore a su vez con la madre y el hijo. ¡A eso le llama él "una reacción positiva"!

 

Escudriñando el cielo a través de los cristales, el erudito Di Fiore aprueba con un gesto de su cabezota inteligente.

 

—Y en total —gruñe—, tres cuerpos deshidratados. ¡Como si la humedad ambiente no bastase!

 

Asoleada y fresca, la risa del puntano Quiroga se hace oír en el grupo del ventanal. Entretanto la Madre se afirma en su actitud abstracta; visto lo cual el Director, anonadado ante aquel moroso despertar de una conciencia, levanta sus ojitos hasta el busto de Sarmiento que duerme sobre la biblioteca de la Dirección entre un pato criollo y una tortuga embalsamados. En el adusto semblante del prócer halla sin duda la emulsión que necesita, porque muy luego, desentendiéndose de la Madre, carga sobre el niño muy ocupado, a la sazón, en cambiar sonrisas y ademanes con un grupito de alumnos que desde afuera le corresponde, vibrante de solidaridad.

 

—Usted, Niño —declama el Director —. ¡Atienda, Niño! ¡Míreme de frente, Niño! Por su inconducta he debido citar hoy a su madre, alejándola del hogar que tanto la necesita. Contésteme, Niño: ¿así paga usted los mil y un sacrificios que ha hecho su madre para criarlo, defenderlo y educarlo? Madre dije, ¡santa palabra! Calculemos el solo gasto material. ¿Cuántos años tiene usted, Niño?

 

—Diez —contesta el chico sin mayor inquietud.

—Todo un hombre. Calculemos a razón de un peso diario (y me quedo corto), entre manutención, ropa y escuela. Dígame, Niño: ¿cuántos días tiene un año comercial?

 

—Ciento sesenta —se resuelve a decir el chico en tren de aventura.

 

En la cara del Director acentúanse ahora los terrosos colores de Saturno:

 

—¡Trescientos sesenta! —grita—. Trescientos sesenta, que multiplicados por diez hacen tres mil seiscientos pesos moneda nacional.

 

El chico abre tamaños ojos ante aquella revelación matemática.

 

—¡Y eso no es todo! —agrega el Director con aire de triunfo— Supongamos que su madre tuviera ese capital, y calculemos el interés que le habría rendido en diez años. Niño, ¿conoce la regla de interés?

 

—No, señor.

 

—Lo sospechaba. Tomemos un interés del cinco por ciento, el de las Cédulas Hipotecarias. ¿A ver? Un minuto.

 

Se apodera de un anotador y un lápiz, y con mano febril desarrolla el cálculo. Al mismo tiempo Adán Buenosayres rezonga junto al ventanal:

 

—¡Dios! ¿Qué crimen ha cometido ese chiquilín para merecer semejante castigo?

 

—Una pelea mano a mano, en el hueco de la calle Neuquén —le responde Quiroga.

 

—¿Y eso es todo? A su edad yo tenía una pelea diaria.

 

El erudito Di Fiore se lleva un índice a la sien izquierda.

—¿Ven esta cicatriz? —dice . Una pedrada que me dieron cuando los de Gaona desafiamos a los de Billinghurst.

 

Sonríen los cuatro junto al ventanal. Y el mismo Sarmiento, sobre la biblioteca, parece ahora menos adusto, como si a su vez recordara las figuras heroicas de Barrilito y de Chuña. Pero el Director agita ya una hoja de papel en las narices del chico.

 

—¡Mil ochocientos pesos de interés! —exclama— ¡Tres mil setecientos de capital! Monto: ¡cinco mil cuatrocientos pesos!

 

Y añade, volviéndose a la mujer:

 

—Madre, todo este sacrificio ha realizado usted por su criatura. ¿Dejará que la influencia de la calle lo malogre? ¿Sabe adónde puede conducir esa influencia? ¡Al delito, al hospital, a la cárcel!

 

Rápidamente, Adán se ha vuelto hacía sus tres amigos:

 

—Cárcel dije —parodia— ¡Santa palabra!

 

Y traspone la salida, en tren de evasión, dejando a sus espaldas tres risas crueles, una madre absorta, un niño inquieto, un Director encabritado, una golondrina muerta.

 

Trota un viento glacial en el corredor flanqueado de columnas. Adán Buenosayres aspira hondamente aquella ráfaga; y luego, por uno de los intercolumnios, sale al patio donde trescientos escolares enardecidos rugen y se encrespan bajo un cielo de latón oxidado y entre paredes que sudan humedad y fatiga. Mientras avanza por entre los agitados racimos infantiles, Adán Buenosayres va midiendo el vacío de su alma. Como nunca siente ahora esa falta de presión interna que lo expone, desarmado, a la invasión de la imágenes exteriores; y escenas, gritos, colores y formas irrumpen en su alma vacía, tal un tropel de brutales forasteros que invadieran un recinto deshabitado.

 

En aquel instante, una gritería ensordecedora reclama su atención; y al recorrer el patio con la mirada ve un enjambre de chicos arremolinados en torno de un centro que no distingue aún. Las risas cacarean allá, y los gritos parecen concretarse ahora en uno solo:

 

—¡Cara de fierro! ¡Cara de fierro!

 

Se encamina entonces hacia el lugar de la batahola; pero el corro, al abrirse violentamente, deja escapar a un chiquilín que atropella con la cabeza baja, en desalado tren de fuga. Adán Buenosayres lo recoge al vuelo, y al mirarle la cara descubre por fin la razón del tumulto: una parálisis terrible ha inmovilizado las líneas de aquel rostro infantil, imponiéndole una rígidez extrafía como de metal o de piedra; la caja de su boca parece definitivamente contraída en un rictus cruel; sus ojos, fijos en las cuencas, tienen una expresión de ferocidad sólo desmentida por el temblor de la lágrima que le cuelga de cada párpado; viste un traje de marino, cuyo pantalón largo cubre y disimula el rigor de unos botines ortopédicos. Mientras le arregla el desaliño de las ropas, Adán echa una mirada en torno suyo; y ve un círculo de semblantes que lo observan en expectativa, y entre los cuales algunos, riendo con inocente maldad, susurran todavía: "¡Cara de fíerro!" Acariciando entonces las mejillas del niño que aún tiembla entre sus manos, Adán le pregunta:

 

—¿Cómo te llamas?

 

—Tristán Silva —responde Cara de Fierro en una especie de gruñido.

 

—¿Es el primer día que vienes a esta escuela?

 

—Sí.

Adán enjuga con su pañuelo las dos lágrimas que no se resuelven a resbalar por aquel rostro espantable. Y luego tiende al niño una mano abierta:

 

—Tristán Silva —le dice—, vamos a ser amigos. ¿Qué te parece?

 

—Sí —gruñe Tristán, dueño ya de la mano que se le ha ofrecido.

 

Necesitando hacer notorio aquel gesto suyo de elección, Adán se pasea entre los mirones, con la mano de Tristán puesta en la suya. Luego lo devuelve al grupo de sus enemigos, que lo reciben ahora con abrazos y aclamaciones. ¡Oh, mundo! Pero el señor Henríquez, embalsamador de pájaros, acaba de ordenar la formación de trote; y trescientos escolares, ansiosos de sacudir el frío, se alinean ya en impacientes escuadras.

 

—Al trote, ¡march!

 

Se inicia la carrera, el patio retumba, estallan gritos de júbilo. Adán, en el centro de la rueda, está mirando aquel desfile de caras vertiginosas, cuando vuelve a sentir entre la suya la mano de Tristán Silva.

 

—¿Corremos? —le pregunta.

 

—¡Sí! —responde Tristán, clavándole sus ojos duros.

 

Con la mano del niño bien sujeta, Adán se une al círculo de los corredores, entre mejillas arrebatadas y sonoros alientos. Aferrándose a su mano, Tristán salta en el aire como un pelele de trapo: en las duras baldosas resuena el metal de sus botines ortopédicos. No se le mueve un solo músculo de la cara, pero un largo rugido brota de su pecho y revienta en sus labios. Y Adán entiende que, sin duda, Cara de Fierro no sabe reír de otra manera.

 

Al segundo toque de campana los escolares han abandonado la posición de firmes y buscan en orden el sitio habitual de su formación. Adán, al frente de los suyos, está observando el culebreo de la doble fila que trata de alinearse, cuando ve al Director que se le acerca en son de triunfo, con los ojos arrasados en lágrimas y la boca fruncida en una inminencia de sollozo.

—¡Han reaccionado! —exclama el Director—. ¡La madre y el niño han reaccionado positivamente!

 

—Mis felicitaciones —le dice Adán, guiñándole un ojo al puntano Quiroga que ríe disimuladamente a su izquierda.

 

Pero el Director esboza un ademán enérgico por encima de su frente, como si rechazara una invisible corona de laurel.

 

—Se hace obra —concede—. Se hace obra.

 

Restañando sus lágrimas con un pañuelo de colores, da media vuelta y huye por el corredor.

 

Vacío del alma, soledad y hielo. Las dos filas ya están inmóviles, y Adán Buenosayres, sustrayéndose al espectáculo de su propia desolación, mira treinta caras infantiles que le observan, fieles espejos de la suya. ¡Que no se den cuenta¡ Y como tantas otras veces, un eco vivificante despierta en su corazón a la vista de aquel mundo nuevo que le aguarda. ¡Abordar ese mundo, remontar la corriente de sus frescos idiomas, agarrarse a ese montón de vida nueva que sabe rendírsele al solo peso de la voz o al de la mirada! Entonces pone su mano derecha en el hombro de Ramos y su izquierda en el de Falcone, punteros ambos de una y otra fila.

—¿Trajiste la composición? —le dice a Ramos, el de cabeza de oro.

 

—Sí —contesta Ramos—. Un tema difícil.

 

—¿Te salió bien?

 

En los ojos azules del chico brilla un relámpago de inquietud creadora:

 

—¡Hum! —dice—. La descripción de Polifemo...

—Señor —interrumpe Falcone, restregándose las manos—. ¡Hoy nos toca el teorema de Pitágoras!

Adán lo mira, y sonríe al comprobar otra vez la semejanza del niño con el ave de su nombre: aquel perfil enjuto, de pobladas cejas y mirar agresivo, tiene algo de rampante y ansioso, como la inteligencia misma.

 

—Hoy nos toca —le admite Adán— ¿Tenías apuro?

 

—Sí —contesta Falcone.

 

—¿Por qué?

 

—Los del otro sexto dicen que no lo han entendido.

 

—¡Qué tragedia! —exclama Ramos en tono de zumba.

 

—Yo entiendo siempre —asegura Falcone, parpadeando como un ave de rapiña.

 

Atrayéndolas a su pecho, Adán abraza dos cabecitas que se le rinden; una cabeza de oro y una cabeza de halcón. Luego, solicitado ya de muchos ojos, inicia su recorrido habitual por entre una y otra fila.

 

Y Bustos, el primero, lo detiene con su voz agria, su pérfida sonrisa de clown y sus ojos de color de charco que parecen saltársele de las órbitas:

 

—Señor —le anuncia Bustos— ¡Otra vez el milagro!

 

—¿Qué pasa?

 

—¡Cueto se ha reído!

 

Adán se vuelve hacia Cueto, la esfinge del grado, y contempla la seriedad inmutable de aquel rostro infantil.

 

—¡No! —exclama— ¡No es posible!

—¡Que me caiga muerto! —asegura Bustos.

 

Entre risas cantantes Adán prosigue su camino, y se detiene frente a Gastón Dauthier, un manojo de fibras perviosas.

 

—Bonjour, Dauthier.

 

—Bonjour, monsieur —contesta Gastón—. ¿Jugamos hoy el desafío con el otro sexto?

 

—¡Hum! —le responde Adán en tono dubitativo.

 

Y, encarándose con el orador Fratino, que junto a Gastón estudia ya la fisonomía del cielo:

 

—¿Qué te parece? —le interroga.

 

Teseo Fratino levanta una mano doctoral y sugiere, con su voz exquisita:

 

—Si las condiciones del tiempo nos fueran favorables...

—¿Tendremos lluvia en la cuarta hora? —insiste Adán.

 

—Señor, lo ignoro. No he consultado la columna barométrica.

 

El vocabulario de Fratino provoca nuevas risas; pero el orador clava en los reidores sus helados ojos de tornillo, y un gesto desdeñoso quiebra la línea impecable de su boca. Entonces Adán, inesperadamente, hunde sus dos índices en las costillas de Terzián, el actor.

 

—¡Arriba las manos! —le dice.

 

Y Terzián alza los brazos como despavorido. Su cara movible refleja, ya el miedo, ya la furia, ya una solapada intención de resistencia: insinúa un descenso de su brazo hacia el lugar del revólver; pero Adán lo cubre de firme, y el actor no demora en asumir un gesto de conformidad ante lo irreparable.

 

Llena la boca y rumiando eternamente los agradables frutos de la tierra, el gordo Atadell ha seguido la farsa, vasto de carnes, de ropa y de sonrisa.

 

—¡Gordo! —le dice Adán, fingiendo un aire de profunda consternación—. ¿Otra vez masticando? ¿Ha nacido el hombre sólo para fabricarse una horrible armadura de grasa? ¡No, gordo, no! También el espíritu grita sus necesidades; y si dejaras de masticar durante un minuto, escucharías, !oh, gordo!, la voz de tu alma que te pide su almuerzo.

 

Impermeable y sereno, sin abandonar su masticación ni su sonrisa, el gordo Atadell finge ignorar aquella perorata.

 

—Señor —anuncia—. Papucio está triste.

 

Adán vuelve sus ojos a Papucio, una figura de malevo adolescente, llena de melancolía.

 

—¿Qué te pasa? —le dice.

—Nada —gruñe Papucio— Me duelen los floreros.

 

—¿Los qué?

 

—Señor, los zapatos. Me van a salir otra vez los nísperos.

 

—¿Qué nísperos?

 

—Los callos. Y si hoy nos toca jugar el desafío, ¡bueno, bueno!

 

En el extremo de la fila, y ausente, al parecer, de cuanto no sea su propio mundo, Américo Nossardi considera un avión en miniatura, obra paciente de sus manos.

—¿Vuela? —le pregunta Adán.

 

El adolescente levanta sus ojos perplejos.

 

—No —dice— Muy pesado el motor.

 

Ya se ha concluido la revista, ya un hormigueo de juventud hace culebrear ambas hileras. Y Adán Buenosayres, enajenado de sí mismo, es ya otro miembro de aquella falange rumorosa.

 

—¡Altas las cabezas! —grita—. ¡Mirando al porvenir!

 

Treinta sonrisas infantiles responden a su broma.

 

—De frente, ¡marchen!

 

Bajo un cielo de latón oxidado avanzan treinta sonrisas.

 

El aula está en el piso alto, y es un recinto de color de aceituna, con un ventanal en ochava que da sobre la intersección de dos callecitas arrabaleras. Vueltos hacia la luz del ventanal se alinean los pupitres unánimes. A la derecha se alza un armario en cuya cima, y propuesto al universal asombro, yace un planetario de cartón, obra ingeniosa de Nossardi, en el cual, teñidos de un rojo demoníaco, es dado ver los nueve planetas que mediante un dispositivo de relojería cumplen sus revoluciones en torno de un sol alegre y en un espacio de rabioso añil. Dando frente a los pupitres está el escritorio, sin otra decoración que la que le presta un globo terráqueo de superficie resquebrajada (¿un símbolo?). Dos pizarrones alargan su negrura en la pared frontal y en la de la izquierda: en el primero se ve un triángulo rectángulo, sobre cada uno de cuyos elementos lineales Falcone acaba de trazar un cuadrado de color diferente, a saber, amarillo el de la hipotenusa, verde y azul el de uno y otro cateto; en el pizarrón lateral, Núñez da fin a la demostración aritmética.

 

—Ya está, señor —dice—. Sólo una diferencia de veintiséis milímetros cuadrados.

 

—Muy bien —aprueba desde su escritorio Adán Buenosayres.

 

Y dirigiéndose a Falcone que ha terminado ya la demostración gráfica:

 

—¿Qué se demuestra con eso? —le pregunta.

 

—Se demuestra —recita Falcone— que en todo triángulo rectángulo el cuadrado construido sobre la hipotenusa es igual a la suma de cuadrados construidos sobre los catetos.

 

—Bien. Siéntense los dos.

 

Falcone y Núñez recobran sus asientos, mientras Adán se dirige a la clase:

 

—¿Han entendido todos? —pregunta.

 

—Sí, señor.

 

—¿Y esto es el famoso teorema de Pitágoras? —dice Falcone, sin ocultar la decepción que se insinúa ya en su intelecto rampante.

 

—Ni más ni menos —responde Adán—. Vamos a ver, ¿quién era Pitágoras?

 

—Señor —contesta Dauthier—, un filósofo y matemática griego.

 

El orador Fratino deja oír su voz melodiosa:

 

—Cuéntase que Pitágoras descubrió su teorema en el baño, que salió a la calle, desnudo como estaba, gritando: "¡Eureka!"

 

—¡Debía ser un colibriyo! —rezonga Papucio desde su rincón.

Pero Ramos, el de cabeza de oro, sonríe con afinada ironía.

 

El que se salió de la bañadera —pregunta—, ¿no fue Arquímedes?

 

—Arquímedes era —le responde Adán— El orador Fratino está calumniando a Pitágoras, que fue un señor muy serio.

 

—Señor —declama Fratino sin inmutarse—, he incurrido en un lapsus... ¿cómo se dice?

 

—Yo diría un lapsus memoriae —ríe Adán.

 

—Eso es, un lapsus memoriae.

 

Desde su rincón Papucio mide a Fratino con ojos malévolos.

 

—Si no charlaras tanto —le dice—, no soltarías esos globos.

 

—¿Y si me falla la memoria? —protesta el orador.

 

—¡Andáte al campo, a tomar leche de pajarito!

 

El consejo de Papucio levanta en la clase una ola de hilaridad que sería ecuménica si Cueto, recluído en su atmósfera inviolable, y si el payaso Bustos, que se tatúa un ancla en la muñeca, no se hallasen hundidos en tan profundas abstracciones. Por otra parte, caviloso y digno, con un índice puesto en la sien y acariciándose una barba hipotética, el actor Terzián caracteriza en ese instante al filósofo Pitágoras, ante la expectación del gordo Atadell que lo alienta con su vasta sonrisa de plenilunio. La hilaridad ha decrecído en tanto; y al restablecerse el silencio puede oírse aún el rezongo de Papucio, que no deja de zumbar en su rincón.

 

—¿Otra vez los floreros? —le inquiere Adán.

 

—No —refunfuña Papucio— Estaba pensando en ese teorema. ¿Para qué sirve?

 

Adán Buenosayres lo mira con benevolencia:

 

—Cierta vez —le dice— a un gran matemático le tocó dormir en una cama tan corta que, por más ensayos que hacía, no acertaba el pobre a estirarse con holgura. O le sobraban los pies o le sobraba la cabeza. Bueno, se levantó muy preocupado, encendió la luz, tomó las medidas de la cama, buscó un lápiz y se puso a desarrollar fórmulas y más fórmulas. Hasta que, recordando el teorema de Pitágoras, encontró por fin la solución.

 

—¿Cómo? —le interrumpe Falcone muy intrigado.

 

—Se acostó en el sentido de la hipotenusa, es decir en diagonal.

 

Entre las risas unánimes del grado, Papucio aventura el último rezongo:

 

—A mí no me serviría —dice—. Yo duermo en el suelo.

 

—Hablando seriamente —prosigue Adán—, el hombre no sólo ha de pedir a las cosas una grosera utilidad. ¿Cómo hemos definido al hombre?

 

—Una criatura intelectual —dice Ramos.

 

—Eso es. El hombre, como ser inteligente, goza conociendo. Y ese goce de su inteligencia, ¿no es en sí una utilidad?

 

—¡Cierto! —exclama Falcone, asombrado ante lo que tal vez constituya una revelación de sí mismo.

 

Pero Adán Buenosayres advierte que la mayoría no lo sigue; y entonces añade, cambiando el tono de su voz:

—Por eso le digo siempre a mi alumno Atadell... ¡Cielos!

Blanco ya de todas las miradas, el gordo Atadell exhibe sus dos mandíbulas en movimiento, su placidez eterna de rumiante, su sonrisa instalada más allá del bien y del mal.

 

—¡Al frente! —le dice Adán —. ¡A vaciar esos bolsillos!

 

No sin trabajo, el gordo Atadell sale de su pupitre, avanza entre dos filas curiosas, llega junto al escritorio y allí, resplandeciente de bonhomía, hunde su mano izquierda en un bolsillo inconmensurable. De aquel antro van saliendo a la luz y ordenándose luego sobre la tabla del escritorio: dos barritas de chocolate a medio roer, un racimo de pasas de Corinto, seis dátiles visiblemente pegajosos, nueve pastillas de menta no del todo inmaculadas, un envoltorio informe de turrón japonés, dos vainas de algarroba, medio alfajor envuelto en su papel de seda, una sarta de rosquillas duras como el granito, cuatro nueces y ocho almendras. El parto feliz de aquel bolsillo levanta en el grado jubilosas exclamaciones; y la expectativa es grande cuando Atadell sondea el otro con sus dedos mágicos. Pero, ¡ay!, el otro bolsillo malogra tan legítimas esperanzas, ya que sólo contiene seis bolitas cachuzas, dos metros de piolín y un gatillo de revólver muy oxidado. Vacías ya las dos cornucopias del gordo, Adán Buenosayres lo despide con un ademán benevolente.

 

—Trabajen ahora en sus cuadernos —ordena, volviéndose a la clase.

 

Mientras los alumnos escriben en silencio, Adán se apoya en el alféizar de la ventana; y, asomado a la calle, deja vagabundear sus ojos. La preñez del aire se resuelve ahora en cierta garúa finísima que a manera de un velo amortaja el suburbio y lima sus ásperos contornos. Abajo, en el umbral de una puerta, junto a un viejo sentado que fuma su cachimbo, una mujer absorta olvida su mate y desbanda su atención en soñolientas lejanías. Un barrendero, a media calle, junta las hojas muertas, las levanta en su carretilla y se va con su montón de platas y de cobres, furtiva imagen del otoño. Sábanas chorreantes cuelgan a plomo en las terracitas desiertas: desde aquel patio, una magnolia yergue su fantasma sombrío; por aquel otro asoma un limonero que trastabilla bajo el peso de su fruta. Más allá cabecean los álamos de la plaza Irlanda. Y al fondo, unánimes en su elevación, las dos agujas de Nuestra Señora de Buenos Aires enseñan al suburbio los caminos de arriba. Con la mirada en ellas, Adán evoca el interior de la basílica, su altar en forma de templete, y aquella imagen de mujer entronizada en las alturas, con el Niño en un brazo y la embarcación en el otro. ¡Qué bueno sería estar ahora en aquel recinto desierto, bajo la luz que se filtra y exalta en los vitrales de colores! ¡Y meditar allí en el secreto de aquella Mujer enigmática, en la vocación del Niño y en la odisea de la Nave! Observando, empero, que su meditación lo devuelve a un clima que se tiene prohibido aquella tarde, abandona la ventana y mira los pupitres: todas las cabezas están inclinadas aún sobre los cuadernos; todas, menos la de Nossardi, el cual, puestos los ojos en su avión diminuto, se pierde acaso en un ensueño de conquistadas alturas. ¡Belerofonte!

 

—¿No es ya demasiado el peso de nuestra deuda flotante? —chilla el Director, abandonando con furia su taza de café.

 

—A mi juicio —le retruca el señor Inverni—, la reserva del país es tan formidable, que no está mal hipotecarla en cierta medida, siempre que se lo haga, claro está, en beneficio de las obras públicas y sociales que debemos a las generaciones del futuro. —( ¡Bravo! ¡Muy bien! Al señor Inverni le parece oír el aplauso frenético de una barra invisible.)

 

Ante la faz colérica del Director, Inverni traga un sorbo de su café ya tibio: es un maestro enjuto de carnes, y muestra esa tez granulosa y ese color de mal venéreo que se dan, a menudo, entre los hombres de ideas avanzadas. Pero el Director no ha desarrugado aún su entrecejo amenazante.

 

—¡Ja! —ríe con amargura—. ¡Entregar el país al extranjero!

 

La escena se desarrolla en el despacho directorial, alrededor de una mesa circunscrita por ocho figuras magisteriles que beben su café del segundo recreo. Junto al ventanal y en hermético grupo, las maestras vuelven hacia una luz menguante sus rostros ajados y secos de vírgenes consagradas a la diosa Pedagogía.

—Lo peor del caso —gruñe Di Fiore— es que no sólo nuestras fuentes de riqueza están ya en manos extrañas sino que, además, el extranjero viene realizando entre nosotros una verdadera obra de corrupción.

 

—¿Cómo? —le pregunta Inverni.

 

—El argentino, por naturaleza, fue y debe ser un hombre sobrio, como lo era y es todavía nuestro paisano, como lo fueron y son los inmigrantes que nos han dado el ser a la mayoría de nosotros. Pero, ¿qué ha sucedido? Que el extranjero nos ha embarcado en una mística de la sensualidad y el vivir alegre, inventándonos mil necesidades que no teníamos, para vendernos, ¡claro está!, los cachivaches de su industria y rescatar el oro con que nos paga nuestra materia prima. ¡En buen criollo, eso se llama comer a dos manos!

 

El Director alza la suya como para bendecir a Di Fiore.

 

—¡Usted lo ha dicho, señor! —exclama— ¡Usted lo ha dicho!

—¿Y acaso —protesta Inverni— nuestro país no debe asimilar los adelantos del progreso?

 

—¡Necesidades inútiles! —chilla el Director —. ¡Artimañas del capital extranjero! ¡Vean, si no, lo que se traen ahora los ingleses al querer meternos en sus pantalones oxford!

 

Adán Buenosayres codea urgentemente al puntano Quiroga:

 

—¡Ojol —le advierte con disimulo— Ya sale a relucir la pérfida Albión.

 

—¿Qué tienen que ver los pantalones oxford? —rezonga Inverni.

 

Aventurando un semiesbozo de sonrisa, el Director expone sus recelos:

 

—Una maniobra para vender más casimir —afirma—. Los hacen ridículamente anchos, para que lleven el doble de tela, y largos hasta el suelo, para que se gasten con el roce. ¡Y no es todo! Han completado su obra con la introduc ción de los...

 

Aquí se turba y mira de reojo, hacía el grupo de las vírgenes didácticas.

 

—...de los calzoncillos cortos —dice al fin cautelosamente.

 

—¿Con qué objeto? —le pregunta Di Fiore.

 

—Usted verá. El calzoncillo corto pone las rodillas en contacto directo con el casimir; y, en un solo año, la secreción sudorípara destruye una tela que fácilmente duraría tres años.

 

—Un plan diabólico —gruñe Adán Buenosayres, mientras el puntano Quiroga trata de ahogar un borbotón de risa.

 

Y mirando al Director como si le solicitara una confidencia:

—Espero —le dice— que usted usará calzoncillos largos.

 

—¡Naturalmente! —confiesa el Director— ¡No quiero hacerles el caldo gordo a los ingleses!

 

La risa del puntano estalla en toda su alegre violencia:

 

—¡Señor! —exclarna—. ¡Si ya no se usan!

 

Pero el Director le muestra una cara de vinagre y de hiel.

 

—¡Señor! —le dice— No estamos de chacota.

 

Entre bromas y veras, rezongón y patético, Di Fiore inicia su elogio del calzoncillo largo:

 

—Nuestros gigantes padres lo usaban —dice—, y esa prenda les confería una seguridad y un decoro verdaderamente patriarcales. Lo usan todavía los viejos políticos de ahora, que se eternizan en el poder y no se deciden a clavar las guampas; y lo usan con razón, porque yo les aseguro a ustedes que en el calzoncillo largo está el secreto de la longevidad.

 

Las palabras del erudito devuelven a la tertulía su atmósfera verdadera.

 

—Una teoría luminosa —ríe Adán Buenosayres, estudiando con afecto la magra, inteligente y cariacontecida figura de Di Fiore.

 

—¡Hum! —objeta el Director— La falla de los argentinos está, señores, en que todo lo convierten en chacota. Y la solución de nuestros problemas exige, señores, mucha seriedad.

 

—¡Ya se pondrán serios algún día! —rezonga Di Fiore en tono de amenaza.

 

Inverni lo considera un instante, con ojos entrecerrados y entrecerrada sonrisa.

—¿Cuándo? —le pregunta.

 

—Cuando les llegue la hora de la prueba.

 

—¿Y cómo sabe que ha de llegar esa hora?

 

—Señor —contesta Di Fiore—, yo creo en la Grande Argentina.

 

CIRCE-FERNÁNDEZ. —"En tu ruta encontrarás primero a las Sirenas, que fascinan a cuantos hombres van a su encuentro. ¡Ay del imprudente que se les acerca y oye sus voces! Ya no verá otra vez a su esposa, ni sus pequeñitos han de rodearlo ya con el júbilo del regreso. Sentadas en un prado riente, las Sirenas hechizan a los mortales con la dulce armonía de su canto; pero junto a ellas amontónanse huesos humanos y cadáveres podridos que se resecan al sol. ¡Pasa de largo frente a ellas, y tapa con cera blanda las orejas de tus compañeros, a fin de que ninguno las oiga! Pero si tú deseas oírlas, haz que te aten a la velera embarcación: haz que te liguen al mástil, de pies y manos, si deseas escuchar sin riesgo aquellas voces melodiosas."

 

Por boca de Fernández habla Circe, la que conoce muchas drogas; y su acento admonitorio, resonando en el aula, pone un brillo de alerta en los ojos infantiles. Junto a Fernández, y de pie como él, aguarda Terzián, muy dispuesto a ofrecer una versión de Ulises que ponga la carne de gallina. Balmaceda, Fratino y Mac Leish, las tres voces ilustres del año, leerán la parte de las Sirenas; y, bien que silenciosos todavía, no disimulan ya cierto adelanto de amenaza.

 

A la luz aguanosa del atardecer, que borronea líneas, mata colores y parece devorar hasta el más leve rumor, treinta niños, al conjuro de palabras antiguas, abandonan ya su cárcel y discurren ahora en una playa de color de miel, bajo un sol torrencial que hace relucir a lo lejos el palacio de Circe. Un doble festón de espuma ciñe la costa musical: junto al agua salobre, acostado aún en las arenas, está el navío de la gran aventura; y el mar, lustroso y mugiente como un becerro, lame la quilla y el desnudo talón de los navegantes. Mientras habla Circe, Adán Buenosayres, desde su ángulo, estudia esa constelación de ojos evadidos: Ramos, el de cabeza de oro, refrena su aliento, como si en su ansia de artífice temiese alborotar el armonioso vuelo de la rapsodia; olvidando sus alas de cartón, planea ya Nossardi en otras alturas; y el mismo Bustos ha quedado absorto, con su cortaplumas en una mano y en la otra un lápiz a medio torturar.

 

Pero Ulises deja oír su voz de nauta:

 

ULISES-TERZIÁN.—"Mis compañeros me atan al mástil; y sentados luego en los bancos de la nave, tornan a batir con sus remos el espumoso mar. La embarcación anda rápidamente; y estamos ya tan cerca de la orilla, que desde allá, sin duda, se oyen nuestras voces, cuando las Sirenas, advirtiendo que la velera nave se aproxima, comienzan a entonar un sonoro canto."

 

Ulises calla, y al instante Balmaceda, Fratino y Mac Leish irrumpen en coro:

 

LAS SIRENAS.—"Oh, famoso Ulises, gloria de los aqueos! ¡Acércate, detén aquí la nave y oye nuestra voz! Nadie ha pasado en su negro bajel sin escuchar el suave acento que fluye de nuestras bocas. Antes bien, el que nos escucha vuelve a su patria más instruido; porque conocemos todas las fatigas que los troyanos y vosotros los griegos padecisteis en Ilión, y porque no ignoramos nada de lo que ocurre en el vasto universo."

 

¡Ay de la nave! ¡Alerta! Los remos caen y se levantan en acelerado ritmo de fuga: reluce al sol el torso de los remeros. Y treinta niños, embarcados en la nave de Ulises, miran al héroe que forcejea entre sus ligaduras, prisionero a la vez de un mástil y de un canto. Vuela el navío sobre la pradera salada: lejos quedó el acecho de la música. ¡Ya es hora de soltar a Ulises! ¡Que la cera no guarde ya los prudentes oídos!

 

Pero Adán Buenosayres ha desertado el bajel y se ha lanzado a la orilla: entre carroñas que hieden al sol y bajo una nube de pegajosos tábanos azules, ha visto el rostro de las Sirenas y respirado el aliento de sus bocas horribles. ¡Oír la música, sin caer en el lazo de quien la profiere! ¿Y cómo? Ciertamente, hace falta un navío y su mástil.

 

Dentro del aula y fuera, la luz brumosa del atardecer lo roe todo en una especie de disolución universal. Pero treinta niños bogan con Ulises rumbo a las Islas Bienaventuradas.

 

Y Adán Buenosayres, perdido en su rincón, evoca una enigmática figura de Mujer en cuya mano derecha un pequeño navío infla su velamen.

 

Libro Quinto, Parte III

 

—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.

 

Las doce campanadas eran doce mochuelos:

Alguien abrió la puerta de la torre, y huyeron.

 

Medianoche: soledad y vacío. Sólo yo solo en la corteza de un mundo que gira huyendo, que huye girando, "viejo trompo sin niños". ¿Por qué sin niños? Entonces yo jugaba con la lógica, sin advertir que siempre hay una relación de armonía entre lo disímil: splendor ordinis. Anoche lo explicaba yo en lo de Ciro: bastante mamado. Como aquella otra figura: "La Tierra es un antílope que huye"; o aquella otra: "Mundo, piedra zumbante de los siete colores." Terror cósmico, desde la infancia: un niño que, abrazado a su caballo inmóvil, sollozaba de angustia bajo las constelaciones australes. Fría mecánica del tiempo, cono de sombra, cono de luz, la noche y el día, solsticio y equinoccio: el sol que nos cuenta mentiras fabulosas, y la tierra que se viste y se desviste de sus esplendores como una prostituta, "¡salve, moscardón ebrio!». Y al fin sólo una piedra que huye girando, que gira huyendo en un espacio infinito... no, indefinido; porque la noción de infinito sólo corresponde... ¡Bueno, alma, bueno¡

 

Adán se detiene, bajo la lluvia, en la esquina de Gurruchaga y Triunvirato. Desde allí, todavía indeciso, contempla el ámbito fantasmal de la calle Gurruchaga, un túnel abierto en la misma pulpa de la noche y alargado entre dos filas de paraísos tiritantes que, con sus argollas de metal a los pies, fingen dos hileras de galeotes en marcha rumbo al invierno. Fosforescente como el ojo de un gato, el reloj de San Bernardo atisba desde su torre: no queda ya en el aire ni una vibración de la última campanada, y el silencio fluye ahora de lo alto, sangre de campanas muertas. Inesperadamente, una ráfaga traidora sacude los árboles, que se ponen a lloriquear como niño: Adán recibe un puñado de lluvia en la cara y se tambalea entre un diluvio de hojas que caen y se arrastran con un rumor de papeles viejos, mientras que los faroles colgantes ejecutan arriba un loco bailoteo de ahorcados. Pasó la ráfaga: el silencio y la quietud se reconstruyen bajo el canturreo de la lluvia. Soledad y vacío, Adán entra en la calle Gurruchaga.

—Puertas y ventanas herméticas, llaves echadas, pasadores corridos: así defienden su evasión por el sueño. La casa del que duerme toma precauciones de trinchera o de tumba. El combate de ayer, aquí mismo: ¡ni un alma en el campo de batalla! Hombres y mujeres, tirios y troyanos, ¿qué hacen ahora? Sus cuerpos acostados navegan en camas de hierro, madera o bronce, dentro de sus cubos inexpugnables, ¡todos evadidos! Sólo yo solo. ¡Si en la profunda medianoche, si en el instante justo en que un día concluye y el otro empieza, si en esa juntura misma quedase un resquicio por donde salir fuera del tiempo! Ayer un niño que, angustiado entre luces y músicas de fiesta, veía cómo el tiempo se derramaba cual un ácido y roía la casa festival con sus hombres; o un adolescente que ambicionaba desterrar al Tiempo de su canto... ¡Señor, yo hubiera querido ser como los hombres de Maipú, que sabían reír o llorar a su debido tiempo, trabajar o dormir, combatirse o reconciliarse, bien plantados en la vistosa realidad de este mundo! Y no andar como quien duda y recela entre imágenes vanas, leyendo en el signo de las cosas mucho más de lo que literalmente dicen, y alcanzando en la posesión de las cosas mucho menos de lo que prometían. Porque yo he devorado la creación y su terrible multiplicidad de formas: ¡ah, colores que llaman, gestos alocados, líneas que hacen morir de amor!; para encontrarme luego con la sed engañada y el remordimiento de haber sido injusto con las criaturas al exigirles una bienaventuranza que no saben dar. Y luego este desengaño, ¡también injusto!, que me pone ahora frente a las criaturas como ante un lenguaje muerto. ¡No haber mirado, ah, no haber mirado! O haber mirado siempre con puros ojos de lector, como los que tenía en mi niñez, allá en el huerto de Maipú, cuando en la belleza de las formas inteligibles alcanzaba una visión de lo estable, de lo que no sufre otoño, de lo que no padece mudanza. Y ahí están la injusticia y el remordimiento: haber mirado con ojos de amante lo que debí mirar con ojos de lector. (Anotarlo en cuanto llegue a casa.) ¡Qué bien entonan calle, medianoche y llovizna! El café "Izmir" también cerrado. No. Alguien canta.

 

Café "Izmir", en estado de completo abandono (Gurruchaga 432, circa Julio 2003).

Un ex mozo nos contó que entregó la placa con el nombre del café a la hija de Marechal.

 

Con el oído atento, Adán Buenosayres detiene sus pasos frente al café "Izmir", cuyas cortinas metálicas, a medio bajar, le permiten ver un interior brumoso en el cual se borronean figuras humanas que se mantienen inmóviles o esbozan soñolientos ademanes. Una canción asiática se oye adentro, salmodiada por cierta voz que, sobre un fondo musical de laúd o de cítara, lloriquea en las aes y se desgarra en las jotas. Hasta el olfato de Adán llega el olor del anís dulce y del tabaco fuerte que arde sin duda en los narguiles de cuatro tubos.

 

—Otro mundo en clausura. Ellos también han trazado su círculo hermético, y navegan ahora, evadidos en una canción. Los vi ayer, con sus jetas verdosas y sus ojos pestañudos, crueles testigos de la batalla. ¿Qué paisajes o escenas evocarán ahora, encerrados en su círculo, tripulantes de su música? Rostros tal vez: caras de hombres, mujeres o niños cuyas voces un día se rompieron en las mismas jotas y lloriquearon en las mismas aes de aquella canción, bajo un cielo distinto, ¡ah!, pero infinitamente más hermoso. ¿Por qué más hermoso? Por estar lejos. Canción muy antigua, sin duda. Y las otras lenguas que la entonaron antes: miles de labios deshechos y caras desvanecidas allá, en los tristes camposantos del Asia Menor: bocas llenas de tierra y ojos llenos de cal. ¡Todos evadidos!

 

Adán se saca el chambergo, del que caen dos o tres hojitas resecas, y enjuga con su mano las gotas de lluvia que le corren por la cara. Luego reanuda su andar, calle arriba.

 

—Y los días empezaban en una canción de mi madre:

 

Cuatro palomas blancas, cuatro celestes...

 

O aquella otra, en Maipú, coro de chicos, junto a la abuela y frente a cristales azotados por el aguacero:

 

Viernes Santo, Viernes Santo, día de grande Pasión...

 

Y la de la Escuela Normal, voces adolescentes, ojos de sal y pimienta en el gran salón de música:

 

Página eterna de argentina gloria, melancólica imagen de la patria...

 

O la del grupo "Santos Vega", melenudas cabezas literarias, vanguardismo exaltado, en el sótano del "Royal Keller”:

 

un automóvil, dos automóviles, tres automóviles, cuatro automóviles...

 

Y aquella de Madrid, entre un zumbido ardiente de guitarras y polémicas:

 

Parece que van cayendo copos de nieve en tu cara...

 

O la de París, en el estudio de Atanasio, mesa tendida entre figuras de barro, sacrificio de una gallina blanca en el altar de las Musas, un ejército de botellas:

 

Dans une tour de Nantes y avait un prisonnier...

 

Y aquella otra de Sanary, o la de Italia... ¡Canciones! Vuelven para enrostrarme ahora el gozo de un día o la vergüenza de una noche: remordimiento de haber cantado y de haber oído cantar. El silencio: ¡cómo lo perseguía y lo acariciaba yo en mi niñez! Viaje al silencio, por entre la selva de los rumores nocturnos. Y aquel sigilo reverente, aquel andar en puntas de pie, aquel afán de abrir sin ruido puertas y cajones: liturgias del silencio. Porque sabía ya, sin haberlo aprendido, que el silencio no es la negación de la música, sino toda la música en su posibilidad infinita y en su gozosa indiferenciación. Sí, el caos musical en que todas las canciones no diferenciadas aún forman un solo canto, sin excluirse las unas a las otras, sin cometer esa injusticia en el orden del tiempo. ¡Oscuro y viejo Anaximandro, yo te saludo en esta noche final! ¡Y a tu discípulo Anaximenes, y a su pneuma sagrado: el aire de la inspiración y la expiración creadoras! Mi teoría de ayer, en la glorieta: bastante mamado. No debí hablar: ninguno entendía un pito. Sí, Schultze, ese viejo Schultze. ¡Ah, todo en Uno! La tristeza nace de lo múltiple.

 

Caviloso y triste, Adán Buenosayres considera en torno suyo la manifestación de lo diverso. Acaricia el tronco de los árboles, como si deseara sorprender algún latido bajo las húmedas cortezas. Se agacha luego, recoge un puñado de hojas muertas, aspira su olor amargo y las deja caer lentamente. Se va después, tocando las paredes mojadas, los fríos umbrales, la madera de las puertas, el hierro de los balcones.

 

—Lisura o aspereza, calor o frío, humedad o sequedad: noticias de lo externo, vagas noticias. El tacto no es un sentido intelectual: ¿podrías alcanzar con el tacto el splendor formae de la rosa? Y, sin embargo, ningún otro sentido aspira con tanta ferocidad a la posesión directa de las criaturas: tocarlas, aprehenderlas, estrecharlas, meterlas dentro de la piel. Sí, el más ciego, el más torpe y el más desengañado de los sentidos. Y el menos culpable: ¿tenderías tu mano a la rosa, sin antes conocer su splendor formae que se revela sólo a los sentidos intelectuales? No haber mirado, no haber oído, no haber tocado... ¡Vaya! ¿Qué aparición es esa?

 

Diez pasos adelante, Adán advierte, sobresaltado, la figura de un jinete inmóvil sobre su corcel. Al acercarse reconoce al cabo Antúnez, de la comisaría 27, que duerme bajo la lluvia, sólidamente afirmado en los estribos, mientras que su caballo, con las riendas en el pescuezo, despunta las hierbecitas brotadas al pie de los árboles. No bien Adán se aproxima el caballo levanta la cabeza y lo estudia con inquietud. Pero Adán le acaricia el pescuezo mojado, la frente y el hocico; y el animal se apacigua entonces, apoya sus narices en el hombro de Adán, resuella en tren festivo. Como un jinete de metal, el cabo Antúnez sigue dormido bajo el agua y el viento. Antes de alejarse, Adán pone su cara junto al hocico del bruto, la sola cosa tibia que le ofrece la noche; y respira su aliento: un puro aroma de hierbas trituradas.

 

—El pangaré de tío Francisco. Me gustaba el olor de los caballos: un olor de alientos vegetales y de sudores agrícolas. Este cabo Antúnez, un criollo sin duda: tiene alma de resero. Como los que aparecían de cuando en cuando, hacia el anochecer, en la estancia de Maipú, junto al palenque verdinegro. "¿Me da permiso para desensillar?" "Desensille, amigo, y pase a la cocina." Hospitalidad sin fronteras. ¡Oh, sí, caras graves en las que resplandecía una dignidad casi terrible (ahora me doy cuenta), y que se desdibujaban poco a poco entre el humo del duraznillo, mientras la china Encarnación vigilaba el asado con sus ojos grandes y eternamente llorosos. "A los ojos lindos les va el humo." ¡Risas discretas de otra edad! Y luego historias de viaje y de rodeos nocturnos en plena llanura, bajo la tormenta: Bahía Blanca, Río Negro, el Chubut, nombres elogiosos y con sabor de lejanía. Tío Francisco me aseguraba que se dormía bien a caballo. Vidas heroicas y sin resonancia, en la llanura: muertes heroicas y sin resonancia. Como la de aquel ternero agonizante que resollaba todavía con el hocico en el polvo, mientras un chimango, sobre su cabeza, le comía ya los ojos reventados a picotazos. Y no debí matar aquel chajá, sin duda: tenía yo quince años y una escopeta herrumbrosa; y nadie supo que yo buscaba un chajá para sacarle las plumas y hacer escarbadientes. Malísimo agüero; tía Martina lloraba junto a los despojos del ave, ¡un montón de plumas grises!, porque sabía que, cuando a un chajá le matan su pareja, ya no quiere la vida y se deja morir de hambre y desconsuelo. ¡Y en seguida, como una telúrica maldición, aquel verano memorable! Un sol rabioso caía sobre la llanura inundada, levantando emanaciones calientes y venenosos hálitos que parecían corromperlo todo, cielo y tierra, hombres y animales. Con tío Francisco, los dos a caballo, recorríamos aquella escena desolada, cuereando reses muertas, vigilando la punta de lanares que sobrevivían en la loma, descubriendo y juntando los vacunos perdidos entre cañadones y juncales. Y en aquel ámbito de miseria, sobre el cual adivinaba yo la vengativa sombra del chajá muerto, bullía y alentaba, en cambio, un mundo volátil rico hasta la locura: flamencos y cigüeñas, mirasoles y gaviotas, cuervos y cisnes, alegremente instalados en aquel paraíso de aguas quietas y de juncos vibrantes. Y los mosquitos, al atardecer, movilizados en nubes hambrientas; o aquella invasión de escuerzos que se nos metían hasta en los dormitorios, que resoplaban como gatos enfurecidos, y que matábamos, día y noche, atravesándolos con los dientes de la horquilla. Se marchaban todos, hombres y mujeres, corridos por la inundación, el hambre y la enfermedad: en la casa, demasiado grande entonces, sólo quedábamos tío Francisco, tía Martina y yo. Era necesario rehacerlo todo, ranchos y huertas, y ahorrar los pocos animales que sobrevivían: llegamos a comer la dura carne de las gaviotas que se arremolinaban detrás del arado y que abatíamos a golpes de rebenque. La nueva población se alzaría en aquella loma del árbol único, al abrigo de las crecientes: mientras tío Francisco armaba el esqueleto de la ranchería, con sus palos esquineros y mojineteros, con sus cumbreras y sus quinchos de paja, yo dirigía la pisadura del barro, metiéndome a caballo entre las yeguas enfangadas hasta la raíz de la cola, y obligándolas a patalear en aquel amasijo de tierra y agua, todo ello bajo el sol ardiente, la humedad y el bordoneo de los tábanos que picaban y se dormían ahitos de sangre, hasta que los reventaba yo a lonjazos en el pescuezo de las yeguas. Tío Francisco reía o canturreaba, masticando su tabaco negro "La Hija del Toro", mientras hundía la paja en el barro, amasaba y disponía los chorizos con que iban irguiéndose las paredes rústicas. Pero hacia el final de la obra decayó aquel hombre admirable que había vencido tantos infortunios en la llanura: se volvió taciturno y huraño, y hasta repudió (cosa increíble) su tabaquera de buche de avestruz.

 

Aquella noche tía Martina y yo le oímos gritar órdenes de rodeo, reír y blasfemar, presa de la fiebre que lo agitaba en su catre: una noche larguísima, en que al monólogo de aquel hombre respondían afuera los mil gritos de las bestias acuáticas. Al siguiente día creció la fiebre: tío Francisco agitaba sus manos terrosas, como si se dedicase a una construcción invisible; y, con la garganta reseca, pedía de beber, o forcejeaba por salir al patio en busca del aljibe. Tía Martina y yo debimos atarlo al catre con dos cinchones. Pero la fiebre decayó al anochecer; y tío Francisco, aparentemente lúcido, expresó una extraña urgencia de tomar chocolate. Como no lo había en nuestra casa, era necesario ir a la estación, a cinco leguas de allí, por entre campos inundados y en medio de la noche que cerraba ya, negra, caliente y húmeda como un horno: yo tenía quince años y una imaginación temerosa, pero monté sin vacilar en el caballo nochero, fui a Las Armas y regresé aún no sé cómo, a través de juncaIes densos, metido en el aguazal hasta la cincha, provocando en la noche un vasto azoramiento de alas, adivinando tranqueras y aflojando alambres en los palos torniqueteros. Aquella noche tío Francisco bebió su chocolate; y se hundió al punto en un sueño infantil. Pero al día siguiente lo encontramos muerto al pie del aljibe, con una inmensa expresión de beatitud en su rostro mojado. No sé todavía cómo pude yo, casi un chico, desnudar, lavar y vestir aquel cadáver cuyos miembros pesaban como lingotes, mientras que tía Martina, petrificada en su dolor, balbucía frases incoherentes ante una imagen de Nuestra Señora de Luján que reposaba en un esquinero, entre dos velas encendidas. Era necesario luego buscar la tropilla, elegir caballos, atar el vagón y dirigirse a Maipú, donde se haría el velorio y entierro de tío Francisco. A falta del corral que había destruido la creciente, solíamos juntar la tropilla en un rincón del alambrado; pero aquella mañana los animales estaban como enloquecidos, tal vez a causa del viento: por tres veces, cuando ya los tenía juntos, la yegua madrina encabezó el sonoro desbande; ¡la hubiera cosido a puñaladas! Por fin, con el sol alto ya, tomamos el rumbo de Maipú: en la caja del vagón, sobre dos colchones, yacía el cuerpo de tío Francisco, descubierta la cara, sonriente aún en su expresión de gozo final: yo manejaba en el pescante, con las cuatro riendas en el puño; y a mi lado tía Martina era una esfinge de semblante contraído, sin gestos ni lágrimas. Atravesábamos los bajíos: alas blancas, rosas y negras batían el aire sobre nosotros; cimbraban los juncos en flor y relucía el espejo ferruginoso de los cañadones. Pero la cabeza de tío Francisco, zarandeada en el viaje, sonreía y se balanceaba en un continuo movimiento de negación, como si, aleccionado ya en una realidad más honda, tío Francisco renunciase a la hermosura visible de este mundo por otra hermosura que sólo ven los ojos entornados. A medida que se remontaba el sol, ascendíamos nosotros a las tierras altas, allá donde los trigos reían sí, donde las flores cantaban sí, donde rebaños y pastores decían sí. Pero la cabeza oscilante negaba y sonreía: en su barba se había enredado una mariposa verde.

 

Adán Buenosayres tantea distraídamente su bolsillo en busca de pipa y tabaquera. Inútil. Olvidadas.

 

—Vidas heroicas y sin laurel en la llanura: muertes heroicas y sin laurel. Tío Francisco, abuelo Sebastián, tía Josefa, el pampa Casiano: todos evadidos allá, en la loma de Maipú; acostados y dormidos en la tierra olorosa, después de su batalla con la tierra; todos reconciliados con la tierra, en un abrazo último; y tal vez con el cielo, porque lo merecían...

Adán se demora en aquel regreso de medianoche: su andar es lento y dubitativo, como el de alguien que no desea llegar. Íntima es la noche, abstracta la calle, sin principio ni término la lluvia. Y Adán quisiera olvidar y olvidarse, acunado por el viento, o disolverse como un pedazo de sal en el agua que cae y cae susurrando su antigua canción de diluvio; pero todo él es un ojo desvelado que se vuelve a sí mismo y se contempla en una fría mirada. Se ha detenido ahora junto al umbral de la vieja Cloto, desierto como la noche: allí, a la sombra de Cloto la hilandera, los niños jugaban al Ángel y el Demonio. Adán toca el mármol helado, en una suerte de caricia.

 

—Un juego de símbolos. ¿Qué buscan Ángel y Demonio? Una flor. ¿Qué flor? La alegre o triste rosa predestinada. Sí, el juego de los juegos, acaso. Pero si el alma recibe nombre de rosa o de clavel antes que Ángel y Demonio vengan a reclamar su clavel o su rosa, ¿dónde queda el libre albedrío de las almas y dónde su responsabilidad? Juego de leyes oscuras: los teólogos en suspenso. En todo caso, los chicos lo juegan con alegría, como si fuese una comedia y no un drama. ¿Y si no fuese un drama, sino una comedia inefable del gran Autor? Entonces habría que jugarla como los niños, con inocencia y alegría, con ese maravilloso entregamiento de los niños y de los santos. El drama está en haber perdido inocencia y alegría. Por eso aconsejaba Él: "Haceos como niños." ¡Difícil! ¡Ah, la vieja Cloto ha jugado bien, sin duda: creo que la eligió el Ángel! Nos encontramos algunas veces, al amanecer, frente a San Bernardo: yo vuelvo de la noche, sin haberla dormido, sucio de malgastadas vigilias y avergonzado ante la nueva luz que me hiere como un remordimiento; Cloto sale de la iglesia, tras haber oído la misa de alba, con su remendado chalón en la cabeza y su antiguo rosario entre los dedos. Nos miramos, yo sucio y envidioso, ella limpia y exacta. Me sonríe: creo que me sonríe a mí solo, a menos que la sonrisa de la vieja sea universal como la luz. Y Cloto me redime con su mirada y su sonrisa: lo sabe todo y me absuelve, tal vez porque ha recobrado la sabiduría de los niños que juegan al Ángel y el Demonio. ¡Qué bueno sería esta noche apoyar las sienes en sus duras rodillas de abuela, y escuchar de su boca el gran secreto!

 

Pero vacío está el umbral de Cloto, y Adán Buenosayres lo toca, en una suerte de caricia. La noche sin límites, la calle borrosa y la infinita lluvia crean en torno suyo un ambiente abstracto en el cual, sin esfuerzo alguno, adivina el alma y se adivina. Nunca sintió Adán, como ahora, la certidumbre de una gran adivinación; pero todo él es un ojo desvelado que se vuelve a sí mismo, abarca su propia indignidad y se dice que ya es demasiado tarde para recoger la sabiduría de Cloto. Por eso, al retomar su camino, lleva en sí la noción de su muerte definitiva. ¡No sabe —y es bueno que no lo sepa— que sólo va herido y que la naturaleza de sus llagas es admirable! Se cree solo y derrotado, ¡y no sabe que a su alrededor milicias invisibles acaban de reunirse y combaten ahora por su alma, en un silencioso entrevero de espadas angélicas y tridentes demoníacos! No lo sabe, ¡y es bueno que lo ignore! Pero, ¿no es aquella la Flor del Barrio? Sí, Adán reconoce a la Flor del Barrio que, metida en el hueco de su puerta, aguarda como siempre al Desconocido, puestos los ojos en el fondo de la calle, pintarrajeada y vestida como una novia de juguete. Según el ritmo del viento, un farol bailarín le arroja y le retira su chorro de luz; y Adán, enfrentado ahora con la mujer, observa que su rostro embadurnado de cremas no tiene vida, que no se mueven sus pestañas duras de rimmel, que sus miembros están rígidos como nunca bajo la ropa de colores abigarrados. Y le pregunta él: "Flor del Barrio, ¿a quién esperas?" ¡Nada! La Flor del Barrio no responde. Un terror desconocido se apodera entonces de Adán Buenosayres: le parece advertir ahora un algo de artificial en aquellos ojos, en aquella boca, en aquellos petrificados músculos faciales. La sugestión es tan viva, que Adán no resiste al impulso de tocar aquel rostro. Pero no bien lo hace, una máscara de cartón se le queda entre los dedos. Y aparece detrás el verdadera semblante de la Flor del Barrio: los ojos cóncavos, la nariz roída, la desdentada boca de la Muerte.

 

—¡Imaginación! ¡Afanada siempre, como ahora, en su telar mentiroso! No me bastó forzar a las criaturas, exigiéndoles lo que no debían o no sabían dar; sino que, apoderándome de sus fantasmas, les hice cumplir destinos extraños a su esencia, poéticos algunos y otros inconfesables. ¡En cuántas posiciones inventadas me coloqué yo mismo, tejedor de humo, desde mi niñez! Confieso haber imaginado entonces la muerte de mi madre, y haberla padecido en sueños, como si fuese verdadera. Confieso haber derrotado al campeón mundial Jack Dempsey, en el Madison Square Garden de Nueva York, ante la gritería frenética de cien mil espectadores. Confieso haber hecho saltar la banca de Monte Carlo, en una noche prodigiosa, y haberme alejado luego, rico de oro y melancolía, entre una doble hilera de tahures corteses y bellas prostitutas internacionales. Confieso haber padecido la furia de Orlando, a causa de celosos amores, y haber demolido a Villa Crespo, sin otro utensilio que una maza de combate. Confieso haber sido pioneer de la Patagonia, y haber fundado allí la ciudad y puerto de Orionópolís, famosa por su expansión naval, dueña y señora de los siete mares. Confieso haber ejercido la dictadura de mi patria, la cual, bajo mi férula, conoció una nueva Edad de Oro mediante la aplicación de las doctrinas políticas de Aristóteles. Confieso haberme dado al más puro ascetismo en la provincia de Corrientes, donde curé leprosos, hice milagros y alcancé la bienaventuranza. Confieso haber vivido existencias poético-filosófico-heroico-licenciosas en la India de Rama, en el Egipto de Menés, en la Grecia de Platón, en la Roma de Virgilio, en la Edad Media del monje Abelardo, en... ¡Basta!

 

Adán Buenosayres quiere librarse de aquellos monstruosos hijos de su imaginación que vuelven ahora, uno tras otro, desfilan ante su avergonzada conciencia, esbozan gestos ridículos, posturas teatrales, actitudes malditas. Pero los monstruos insisten; y Adán tiene la impresión de que giran en torno suyo, riendo como demonios, palmeando sus bocas ululantes y guiñando sus ojos malignos, en una ronda carnavalesca.

 

—¡Basta! ¡Basta! He malogrado mí único destino real, por asumir cien formas inventadas, tejedor de humo. O tal vez, a la manera de un dios inmóvil que, sin alterarse ni romper su necesaria unidad, desarrollase ad intra sus posibilidades, como soñando... ¿Analogía? ¡No! Megalomanía. ¡Sólo un literato!

 

Espadas angélicas y tridentes demoníacos chocan sin ruido en la calle Gurruchaga: se disputan el alma de Adán Buenosayres, un literato; porque, según la economía suprema, vale más el alma de un hombre que todo el universo visible. Pero Adán no lo sabe, y es bueno que no lo sepa todavía. ¡Puf! Sus narices captan ahora las primeras emanaciones de la curtiembre "La Universal”, que se yergue a un tiro de piedra, con sus muros apestados y sus ventanales ciegos, viscosa y reluciente bajo la lluvia, como un hongo maligno. Antes de afrontar la curtiembre, Adán se para en la esquina, dudando aún: ¿hará él, como de costumbre, una inspiración profunda, y salvará el área peligrosa, contenido el aliento y a la carrera?

—Úlcera del arrabal: capitalistas desalmados e inspectores coimeros. Un olor de carroña, día y noche. Sí, el mismo de los animales muertos en la llanura: yo los he visto podrirse al sol, hirvientes de gusanos y zumbantes de moscas, exhibiendo a plena luz toda la gama de verdes y violetas enfermizos que da la carne corrompida. Más asqueroso aún el hedor de la carroña humana: en el cementerio de Maipú, aquel día, mientras exhumaban los restos del abuelo Sebastián, conocí el olor terrible, y se me anudó el estómago en una dolorosa náusea. La carne corruptible no soporta el asco de su propia disolución. Pero el alma no tiene olfato: ¡venerable Antígona, disputando a cuervos y hombres el cadáver de su hermano, cumpliendo el rito fúnebre, a medianoche, solita su alma entre la polvareda y el hedor con que la carne grita su derrota! O aquella Rosa de Lima, bebiendo los humores de la úlcera para humillar la rebeldía de su cuerpo tan mortificado ya; o Ramón Lulio, que aconsejaba no rehuír el olor de las letrinas, a fin de recordar a menudo lo que da el cuerpo de sí mismo en su tan frecuentemente olvidada miseria. ¿Y por qué no lo haría yo ,esta noche? ¡Absurdo!

 

Pero Adán se ha lanzado sobre la curtiembre, y, entre avergonzado y curioso de sí mismo, recorre ya su acera con deliberada lentitud, aspirando los hedores que van haciéndose más intensos a medida que avanza. Y una gran ansiedad se apodera, entretanto, de las milicias invisibles que luchan a su alrededor. Porque la batalla cobrará otro ritmo ahora que Adán, sin saberlo, se ha declarado beligerante. Ya está él junto al portón de la curtiembre, debajo del cual se deslizan aguas negras y chorreaduras viscosas: detenido allí, Adán apoya su cabeza en el hierro mojado y recibe a fondo las emanaciones. Una primera náusea lo sacude hasta los pies; luego, entre angustias y trasudores, vomita largamente contra el portón. Jadeante aún, y secándose lágrimas y sudores con su pañuelo, Adán ojea la calle:

 

—Afortunadamente, ni un solo testigo.

 

¡Ignora él que a su alrededor mil ojos atentos lo siguen, y que la batalla recrudece ahora en torno suyo, porque se acercan ya instantes definitivos! Adán no lo sabe, y es bueno que lo ignore todavía: curioso de sí mismo, sonriéndose ante la visible inutilidad de su gesto, abandona el portón y reanuda su marcha. La desarmonía de su cuerpo logró silenciar por un instante aquellas voces íntimas que han venido persiguiéndolo a lo largo de la calle; pero no bien se aleja de la curtiembre, acuden otras voces, murmuran o gritan en su alma, como si la calle supiera el número exacto de sus remordimientos y se los recordase, uno por uno, con la prolijidad inexorable de un juez. Allí está el zaguán de las muchachas (¡bisbiseo, susurros!), desierto ahora, sombrío y mojado como una gruta.

 

—Cuerpos jóvenes, ayer, adulados por la luz y encarecidos en el elogio que les gritaba mi sangre desde aquí mismo: Ladeazul, Ladeverde, Laderrosa, dispersadas las tres en mil gestos provocadores (¡ah, sin saberlo quizás, o sabiéndolo acaso desde la primera Eva!). Esplendor animal que se dirige, llamando, a los oídos de la carne; pero que llama con la voz espiritual de la hermosura. ¡Sí, allí está el equívoco y la trampa invisible! Yo caí mil veces, antes de saberlo; y después otras mil, pero entonces con la conciencia turbia del que se presta voluntariamente a un juego vergonzoso. He tomado esas formas de mujer: las he transfigurado, incensado y cantado; para humillarlas, destruirlas y abandonarlas más tarde, según la violencia de mi sed o el desengaño de mi sed.

 

Saboreando la amargura de aquellos reproches íntimos, Adán Buenosayres pugna, en su congoja, por que no salgan del terreno abstracto en que todavía resuenan, temeroso de las imágenes que ya despiertan en su memoria, que se adelantan ya como vívidos testimonios, que algo dicen o gesticulan, imprecisas aún. Pero las imágenes vencen al fin y se abalanzan: le gritan sus nombres de mujer, se desnudan con impudor animal, exhiben fríamente sus costumbres de amor, lanzan el aullido mecánico de sus éxtasis, repiten como loros las palabras tremendas que un día les dictó su locura. Y Adán Buenosayres, acorralado, trata de combatirlas, acallarlas y devolverlas a la sombra de que salieron. Pero nuevas figuras avanzan ahora; y al reconocerlas Adán siente un escalofrío de terror. Porque no son las criaturas vehementes que se quemaron un día en sus propios fuegos, sino las despojadas y ofendidas, las que padecieron violencia y cosecharon dolor. ¡Y están mostrándole ya sus caras dulcemente llorosas, o sus gestos de furia, o sus bocas abiertas en son de ruego, apóstrofe o amenaza! Pero, entre todas, una figura se yergue de pronto, Euménide terrible.

 

—¡No, ella no! —suplica, balbucea Adán, cubierto de un sudor helado.

 

Porque la Euménide le clava ya sus ojos resecos y le tiende una mano roja de sangre.

 

—¡Ella no! —repite Adán, y gira sobre sí mismo, como sacudiéndose aquella imagen vengativa.

 

Entonces le parece que toda la calle se levanta contra él y grita con cada una de sus puertas, ventanas y claraboyas: "¡Adán Buenosayres! ¡Es Adán Buenosayres!" Y Adán huye ahora, cruza la calle Gurruchaga, perseguido de cerca por la Euménide que aúlla detrás palabras ininteligibles. Ruth, la declamadora, cacarea desde su cigarrería: "¡Melpómene, la Musa de la tragedia, viene!" Y Polifemo, desde su rincón, tiende una mano hacia el Cristo de las alturas y recita, como un diablo irónico: "¡Dioooos se lo pagaraaaaá"

 

Parroquia "San Bernardo" (Gurruchaga 171, circa Julio 2003).

 

La iglesia de San Bernardo yergue su torre única en la noche: cerrada está la verja, desierto el atrio y sin más vida que la de sus palmeras desmelenadas al viento. Adán Buenosayres se ha detenido allí, con el resuello agitado y el corazón batiente. Prendido a la reja, mira en torno suyo y escucha: nadie y nada: se han callado las voces y desvanecido las imágenes. Entonces la espesa nube de sus terrores, angustias y remordimientos estalla en un sollozo que lo sacude y ahoga, como la náusea de la curtiembre. Luego, sin abandonar la reja, levanta sus ojos hasta el Cristo de la Mano Rota; y permanece así, mirándolo y llorando suavemente:

 

—Señor, confieso en ti al Verbo que, sólo con nombrarlos, creó los cielos y la tierra. Desde mi niñez te he reconocido y admirado en la maravilla de tus obras. Pero sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos y en ellos me demoré; hasta olvidar que sólo eran caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje.

 

Adán se interrumpe aquí súbitamente desalentado: le parece advertir que sus palabras interiores, lejos de ganar altura, se abaten como pájaros de arcilla no bien intentan remontar el vuelo. Y, entretanto, espadas angélicas y tridentes demoníacos han suspendido su contienda; porque llegó la hora en que Adán Buenosayres debe combatir solo.

 

—Señor —insiste ahora en su alma—, también confieso en ti al Verbo que, por amor del hombre, tomó la forma del hombre, asumió su infinita deuda y la redimió en el Calvario. Nunca me fue difícil entender el prodigio de tu encarnación humana y los misterios de tu vida y tu muerte. Pero en tristes caminos malogré y ofendí la inteligencia que me diste como regalo.

 

Cristo de la Mano Rota (Gurruchaga 171, circa Julio 2003).

 

Con los ojos puestos en el Cristo de la Mano Rota, guarda silencio Adán, esperando un signo inteligible, un solo eco de sus voces, la sombra de una comunicación. Pero no advierte señal alguna, como no sea el frío estelar que parece llover desde lo alto sobre su agonía. Entonces comienza en él un relajamiento más doloroso que la tensión. Adán ignora que mil ojos invisibles están llorando por él en las alturas, y que los de la espada, en torno suyo, han comenzado a mirarse y a sonreírse, como si desde la eternidad poseyeran un secreto inviolable. Y Adán intenta el último llamado:

—Señor, ¡no puedo más conmigo! Estoy cansado hasta la muerte. Yo...

 

Las campanas del cielo han comenzado a redoblar, y redoblan a fiesta. Voces triunfales estallan en los nueve coros de arriba; porque vale más el alma de un hombre que toda la creación visible, y porque un alma está peleando bien junto a la reja de San Bernardo. Pero Adán Buenosayres no las oye, y es bueno que no las oiga todavía: con sus ojos puestos en el Cristo de la Mano Rota, vuelve a esperar el anuncio de Alguien que tal vez lo haya escuchado. Y otra vez le contestan el silencio que mana del cosmos, el silbo de las palmeras aventadas y el canturreo de la lluvia. Su voluntad se quiebra entonces: desciende su mirada, gira él sobre sus talones y permanece allí como anonadado, frente al círculo de luz que un farol proyecta en los adoquines de la calle. Un perrito negro anda por allí, sentándose acá y allá sobre sus patas traseras, gimiendo y olfateando lugares, en el tormento de una deposición trabajosa; y Adán Buenosayres, muerto para sí mismo, sigue ahora con ojos todavía mojados las alternativas de aquel pequeño drama.

 

El cuzco negro se ha perdido en la noche. Adán cruza la calle Warnes y se interna en la de Mont-Egmont: a la crisis de su alma sucede ahora un gran silencio interior que nace del mutismo en que han entrado su memoria, su entendimiento y su voluntad. Pero, ¿qué figura es aquella que duerme tendida en el umbral de su casa?

 

—Un linyera —se responde Adán— Un pobre linyera que ha dado con sus huesos en Buenos Aires y se tumba donde lo agarra la noche.

 

Llaves en mano, Adán considera ese montón de trapos y envoltorios que se arrebuja en el umbral. Pero aquel hombre o no dormía o ha despertado, porque ahora se pone de pie y aguarda mansamente, como si el de aguardar fuera su gesto ineluctable. A la luz del farol esquinero, Adán contempla un rostro de barbas cobrizas y dos ojos entre consternados y alegres.

 

—¿Qué hace aquí? —le interroga.

 

—Espero.

 

—¿A quién?

 

El hombre de la noche ha sonreído.

 

—¡Qué sé yo! A todos.

 

Abriendo la puerta de calle, Adán piensa en el colchón que le sobra, en el escándalo que le armará doña Francisca no bien lo sepa y en el júbilo rencoroso de Irma.

 

—Entre —le dice al linyera, que ya recoge sus trastos.

 

Sin decir palabra, el hombre de la noche ha obedecido; y Adán lo ayuda en la tarea de cargar los atados roñosos que forman su equipaje. Luego, en plena oscuridad, sube hasta la puerta cancel y hace girar el llavín de la luz. Pero, al volverse, descubre que su hombre ha desaparecido. Baja corriendo la escalera, sale a la calle y escudriña en todos los rumbos: nada.

 

—Un pobre linyera —se repite Adán Buenosayres— Claro, ha preferido su libre intemperie.

 

Cierra la puerta de calle, sube a su cuarto, y no enciende la luz, temeroso de que sus objetos íntimos le salten a la vista y lo despojen del vacío absoluto en que ahora descansa. Se desviste en la sombra y extiende su cuerpo dolorido en el camaranchón que rechina: el sueño desciende a él como una gran recompensa.

 

Adán sueña que avanza con una legión de guerreros anacrónicamente armados, entre los cuales, y a golpes de rebenque, anda, se tambalea, cae de rodillas y vuelve a incorporarse un hombre que lleva una cruz. Y, ¡cosa extraña!, en aquel hombre azotado reconoce al linyera del umbral; pero en sus barbas cobrizas hay sangre ahora, y sucios lagrimones gotean de sus ojos entre consternados y alegres. Lo más curioso de aquel sueño es que la víctima y los verdugos están cruzando una ribera semejante a la de Olivos o el Tigre, bajo un sol torrencial que se exalta en el brillo metálico de las abejas y en el subido color de las mariposas. Una multitud festiva discurre por allí, sin inmutarse al paso del cortejo (¿es que no lo ven?), indiferentes al chasquido de la fusta (¿es que no lo oyen?). Machos y hembras bailan aquí, al son de un fonógrafo portátil que se desgañita en el suelo; allá, hombres y mujeres panzudos vigilan sus asados, abren latas de conservas y arrojan papeles grasientos; los chiquilines, aullando como fieras, cazan mariposas a golpes de toalla o apalean flaquísimos caballos de alquiler; parejas furtivas, tras un ojeo circular, se pierden con astucia en los cañaverales; viejos borrachos se insultan con lengua estropajosa, cambian golpes lentos y se desploman al fin vomitando a chorros; más allá, caras brutales, en círculo, se asoman a un reñidero donde gallos rojos de sangre batallan a espolonazos. Y Adán vuelve sus ojos al hombre de la cruz, y su ánimo se conturba en sueños ante la ceguera de aquel gentío: quiere gritarles, pero ningún sonido brota de su garganta. Observa entonces a los guerreros que marchan a su lado, y el terror lo invade, porque todas y cada una de aquellas fisonomías parecen símbolos: esta cara de tinte amarillento, con bolsas azules debajo de los ojos, es el mismo semblante de la Lujuria; en esa otra de nariz encorvada, filoso mentón y ojitos de clavo se nombra la Avaricia; allí están la Pereza de ojos lagañosos, la Cólera de apretadas mandíbulas, la Gula de doble papada y la Envidia royéndose los pulgares. Llorando de pavor, Adán tantea sus propias facciones, y en ellas descubre los mismos rasgos odiosos, mientras el cortejo se abre camino en la multitud ciega y el hombre azotado cae y se levanta.

 

Una gran quietud reina en el cuarto. El silencio sería total ahora sin el susurro de la lluvia y el rechinar del camaranchón bajo Adán Buenosayres que se agita en sueños. Presencias torvas retroceden: huyen vencidas y como a regañadientes hacia los cuatro ángulos del recinto. De pie junto a la cabecera, Alguien ha bajado sus armas; y apoyado en ellas vigila eternamente.

 

* Primera versión en enero del 2009

FUENTE: el Cartonero Cultural

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