Los libros no están hechos para pensar, sino para ser sometido a investigación.

Umberto Eco

 
2015

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Viernes, 22 Julio, 2016 13:00
 
 

Si supiese qué es lo que estoy haciendo, no le llamaría investigación, ¿verdad?

Albert Einstein

EL TIEMPO EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

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"¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir 'amor, amor', y que debían los pueblos pedir como piden pan".

FEDERICO GARCÍA LORCA

HISTORIA / POLÍTICA / HIPÓLITO YRIGOYEN

HIPÓLITO YRIGOYEN / TODA UNA PINTURA DE LA ÉPOCA

HIPÓLITO YRIGOYEN

Nuestra misión no es ocupar gobiernos

3 de julio

"Nuestra misión no es la ocupación de los gobiernos, sino la reparación cardinal del origen y sistema de ellos, como el único medio para restablecer la moralidad política, las instituciones de la República y el bienestar general" (Segunda carta al doctor Pedro C. Molina, septiembre de 1919).
"Las aspiraciones que no tiene otro objeto que la ocupación de los gobiernos son siempre facciosas y fatales para el bien público y al fin mueren execradas, mientras que las idealidades sinceras viven en sus obras ilustres" (Manifiesto, mayo 13 de 1905).

Tomado de: "Yrigoyen. Su pensamiento escrito" Compilación y prólogo de Gabriel del Mazo. Buenos Aires. Ediciones Pequén 1984

HIPÓLITO YRIGOYEN / 1852

Nace en Buenos Aires el político Argentino Hipólito Yrigoyen. Fue el primer presidente de la Nación elegido por la ley de voto universal, secreto y obligatorio. Asumió su primera presidencia el 12 de octubre de 1916. Falleció en Buenos Aires el 3 de julio de 1933.

TODA UNA PINTURA DE LA ÉPOCA

Producción Periodística de Villa Crespo Digital

1° de julio del 2015 *

Los barrios porteños

Resulta difícil precisar el número de barrios que existían en Buenos Aires. Vicente Blasco Ibáñez, en Argentina y sus grandezas, se conforma con enumerar los de la Boca, Barracas, Norte, Floresta, Vélez Sarsfield (antes la Floresta), Belgrano, Villa Mazzini, Villa Devoto, Villa Urquiza, Saavedra y Núñez. Pero otros muchos barrios sin límites definidos surgían hacia el Centenario en los rumbos abiertos por el tranvía; los rieles de éste estaban dirigidos invariablemente hacia el puerto, cosa que obligaba a los arrabales, incomunicados entre sí, a vivir encerrados en sí mismos o a comunicarse exclusivamente a través del centro.

Quizás haya sido esta circunstancia la que vigorizó la vida barrial en los albores del siglo. Crecían alrededor de un nudo de comunicaciones, como la estación del ferrocarril o la línea de tranvía, o en torno a una parroquia, un hospital, un centro universitario o una fuente importante de trabajo. Este núcleo debía tener fuerzas suficientes para convertir un simple conglomerado de casitas en un centro cultural y social con rasgos propios.

La zona sur tenía un carácter acusado desde el siglo anterior. Las actividades manufactureras hicieron crecer a la Boca, Barracas y Barracas al Sur (Avellaneda), que hacia 1910 se encontraban unidas entre sí.

Gran parte de la industria nacional se concentraba en esos barrios, donde estaban instalados curtiembres y lavaderos de lana, frigoríficos, fábricas de productos alimenticios, jabón, papel, cigarrillos y fósforos.
Datos suministrados por Adolfo Dorfman, en su Historia de la industria (1913) y Buenos Aires Ciudad Industrial, Caso Testigo Villa Crespo de Elena Luz González Bazán… de próxima aparición.

Arrabal 1931

Argentina, la ciudad de Buenos Aires concentraba el 35 por ciento de la potencia industrial del país). Los italianos de la Boca y los criollos de Barracas estaban bien organizados laboralmente: gran parte de las huelgas que tuvieron lugar en las dos primeras décadas del siglo se desarrollaron en esos distritos obreros, en los que se acumulaban tantas fuentes de trabajo.

En el sudoeste, en cambio, predominaba la marginalidad, y más que de barrios obreros podía hablarse de casuchas miserables construidas con desechos industriales en terrenos bajos, sin comunicaciones con el centro. Allí se encontraba el tristemente célebre barrio de las Ranas, cercano al vaciadero municipal de basura y al Riachuelo, a mitad de camino entre Barracas y Nueva Chicago. Aunque esta zona era probablemente la más insalubre de la ciudad, en los terrenos bajos de otros puntos del área urbana ocurrían casos semejantes: tanto en el arroyo Maldonado, que fue durante muchos años el límite norte de Buenos Aires, como en los bañados de Flores, con sus aguas estancadas y depósitos de basura, las condiciones de vida eran precarias y sólo los atorrantes y otros tipos humanos marginales de la gran ciudad se atrevían a establecerse allí.

El panorama que ofrecía la parte norte de Buenos Aires era muy diferente. El llamado Barrio Norte ya era una realidad hacia 1910, y en él se encontraban tanto las mejores mansiones privadas, que ocupaban un cuarto de manzana, como los conventillos de los recién venidos, que aprovechaban las ventajas que la municipalidad brindaba a las parroquias de gente acomodada (el 30 por ciento de los habitantes de este barrio vivían en conventillos, afirma Scobie).

La vivienda popular era el CONVENTILLO, con su realidad de hacinamiento, falta de todos los servicios básicos, la promiscuidad y la vida insalubre, la cama caliente y la injusticia.

Alrededor de plaza Italia, en cambio, la situación social se modificaba. La presencia de un importante nudo de comunicaciones, la estación Pacífico, tras la construcción, en 1912, de un tramo elevado entre Palermo y Retiro, y de varias líneas de tranvías que irradiaban hacia el oeste hizo que muchos porteños eligieran esa área para construir sus viviendas: los 64.000 habitantes del barrio en 1904 eran 103.000 cinco años más tarde. Había pocos conventillos y predominaban las casas medianas y pequeñas. Los servicios de agua y obras sanitarias recién empezaban a aparecer. Tanto allí como en el distrito cuyo eje era la calle Las Heras, las ventajas de la ubicación se contaban por las cuadras que era preciso caminar para alcanzar el tranvía.

Más al norte estaba Belgrano, barrio que tenía historia, pues había sido capital de la República cuando en 1880 el gobernador Carlos Tejedor se alzó contra las autoridades constitucionales. Una serie de rasgos propios hicieron de Belgrano un pueblo con características precisas, pues poseía un club social tan prestigioso como el Belgrano, sobre la barranca del río, el hipódromo del Bajo, que competía con el de Palermo, la confitería La Paz, junto a la estación del ferrocarril, donde se tomaba el chocolate dominguero y en cuyo salón interior una orquesta de señoritas amenizaba las tardes.

Vecinos ricos, empleados y obreros en ascenso construían en Belgrano de acuerdo con sus recursos económicos. No había conventillos, y los extranjeros resultaban pocos en comparación con los criollos; entre los no argentinos eran mayoría los ingleses, que gustaban de las calles arboladas y espaciosas, típicas de la zona.

Belgrano tenía su propia leyenda, emanada de aquellos criollos del Bajo que aún rendían culto al coraje en los caseríos y en los prostíbulos próximos al río. Estos guapos se liaban a cuchilladas y eran admirados por otros duelistas especializados en lances de honor, que tenían en el político Carlos Delcasse un protector infatigable. Recuerda Justo P. Sáenz (h) en La amistad de algunos barrios que en cierta oportunidad uno de estos guapos fue invitado por Delcasse a su célebre quinta para que explicara en detalle en la sala de armas cómo usaba la daga. Fue precisamente ese mismo criollo el que mató a cuchillo al comisario Pina por 1902.

Hacia el Centenario cada barrio porteño se subdividía en núcleos más o menos independientes de su antiguo centro. Muchas chacras y quintas del primitivo Belgrano, situadas en los límites de ese barrio (incorporado) en 1888 al área urbana), se convirtieron posteriormente en barriadas populosas. Núñez, por ejemplo, surgió a partir de una estación de ferrocarril Norte, levantada sobre los terrenos del latifundio de Florencio Núñez; Coglhan era una estación cabecera del ferrocarril de la Compañía Pobladora, cuyo nombre recuerda a un ingeniero de gran actuación profesional; Saavedra debe su denominación a una estación vecina; Villa Urquiza es el nombre que designa desde 1901 una primitiva parada (Santa Catalina) del ferrocarril a Rosario.

Estos datos proporciona Juan José Maroni en Breve historia física de Buenos Aires demuestran la expansión de la Capital Federal en los primeros años del siglo. Pero donde la multiplicación de los barrios alcanzó su máxima intensidad fue en el oeste, donde los 106.000 habitantes de 1904 habían pasado a 456.000 según el censo de 1914. Surgieron allí núcleos de población desprendidos del antiguo partido de Flores, que también tenía su lugar en la historia patria, pues en él se había firmado el pacto que selló, en 1859, la vuelta de la rebelde Buenos Aires. Se llamaban Almagro, Caballito, Floresta, La Paternal, Liniers, Monte Castro, Nueva Chicago, Nueva Pompeya, Versalles, Villa del Parque, Villa Devoto, Villa General Mitre, Villa Lugano, Villa Luro, Villa Malcom, Villa Pueyrredón, Villa Real, Villa Riachuelo, Villa Santa Rita y Villa Soldati, siempre de acuerdo con la enumeración que por orden alfabético hace Maroni.

Eran conglomerados humanos tan opuestos por sus características y población como Devoto y Soldati. De la altura de los terrenos en los que se habían edificado dependía que se congregasen o no personas adineradas, gringos de distintas colectividades o paisanos criollos recién venidos a la ciudad. Algunos, como Pompeya, nacieron alrededor de un hecho religioso, en este caso la fundación de la parroquia franciscana de Nuestra Señora de Pompeya; otro, Nueva Chicago, fue el resultado del traslado de los mataderos viejos a un sitio más alejado del centro. Los matarifes abandonaron ese vecindario y junto a los peones se mudaron hacia el oeste al nuevo barrio, invadid por tropas de ganado, fondas y boliches muy criollos, porque la actividad ganadera seguía siendo patrimonio de los hijos del país.

En el origen de Villa Devoto está la pretensión del millonario italiano Antonio Devoto de urbanizar a su gusto los terrenos altos situados junto a la estación ferroviaria que llevaría su nombre. En ese extenso baldío de cien hectáreas que atravesaba la vía férrea, don Antonio reservó cuatro para una plaza, frente a la cual levantó su propia mansión y un templo donde hoy reposan sus restos. Anchas avenidas y diagonales, además de un arbolado generoso, hicieron de la villa el lugar preferido por los italianos ricos y por los ingleses para construir sus residencias. Enrique Germán Herz menciona en un trabajo sobre el barrio la hermosa quinta de John Hall, que era un verdadero jardín botánico, y de las familias Stoppani, Buschiazzo, Bagnardi y Dellacha, entre otras. En este nuevo distrito, lo mismo que en los que se creaban en otros puntos de la ciudad, correspondía al vecindario, agrupado en sociedades de fomento, bregar por conseguir los objetivos máximos de progreso, que eran el alumbrado- eléctrico, a gas o con lámparas de alcohol-, el afirmado de las calles principales, la presencia de un destacamento policial, de una escuela pública y de una parroquia, es decir, de todos aquellos elementos que daban comodidad y seguridad social.

Las historias de los orígenes de cada barrio son bastante similares. Hugo Corradi las evoca en Guía antigua del oeste porteño: primero había potreros baldíos de propiedad estatal o privada, tambos y hornos de ladrillo, alfalfares o cultivos diversos. Entre ellos se construía una que otra casita y subsistían las quintas de las familias patricias. Paulatinamente, bajo el estímulo del ferrocarril, se hacían los primeros loteos. La llegada del tranvía valorizaba los terrenos y empezaba la construcción de viviendas en serie. Las ofertas que publicaban los periódicos muestran el avance social que representaba dejar el conventillo céntrico y hacerse la casa propia: "Obreros. Dejad el conventillo y comprad un lote en la Floresta- dice un aviso publicado en el diario La Prensa en 1902- o en cualquier otro paraje sano, si queréis la salud de vuestros hijos y deseáis vivir contentos.".

De este modo, la incipiente clase media alcanzaba el sueño del hogar propio. Su vivienda empezaba siendo de dimensiones reducidas, en lotes de diez varas de frente que, explica Scobie, eran similares a los del sector céntrico. Generalmente la casa ocupaba todo el ancho del lote, aunque a veces se dejaba un pasillo a lo largo de la medianera, que conducía al fondo. La casa, de una o dos habitaciones, se agrandaba a medida que los ahorros lo permitían: "tal vez quince años después de la adquisición del lote, cuando las hijas, frecuentando la escuela normal, aspiran a figurar de burguesas y él propio (el dueño) se juzga socialmente más elevado, junta sobre la calle la sala de visita", anota un viajero brasileño en sus Impresiones, publicadas en 1918.

De este modo se iba densificando la población de La Paternal, la barriada que debía su nombre a la compañía de seguros que impulsó los loteos. Un sector de este barrio cobró vida gracias a la llamada Quinta de Agronomía, ubicada en el ángulo formado por la avenida San Martín y la actual avenida Beiró, que empezó a funcionar hacia 1909 como una nueva facultad de la Universidad de Buenos Aires. En Villa Santa Rita, en cambio, el eje del barrio era el antiguo oratorio, situado en terrenos que habían pertenecido a la familia Garmendia. En 1905, el nuevo barrio, nacido alrededor de 1890, tenía ya todas sus calles actuales abiertas, aunque escasearan casas y pobladores. A partir del centenario, época en que Buenos Aires creció con renovado impulso, esta villa se convirtió en un sector para obreros de condiciones modestas. Su eje era la avenida Nazca, al norte del arroyo Maldonado.

La actividad privada estaba vinculada en mayor grado que la pública con la edificación en serie de casas para empleados y obreros. La Comisión de Casas Baratas, formada por ley nacional aprobada en 1915, entregó las primeras viviendas recién en 1920. Pero desde años atrás otras entidades venían trabajando en el mismo objetivo. Scobie menciona la cooperativa obrera de La Paternal, cerca de la Chacarita (1903); las trescientas casas de una y dos habitaciones terminadas por la Casa Popular Propia en Caballito (1907); los pequeños préstamos para construir viviendas que otorgaba la cooperativa El Hogar Obrero, fundada por militantes del Partido Socialista. Por otra parte, había compañías constructoras especializadas en viviendas populares, como la Sociedad de Edificación y Ahorro La Propiedad, fundada en 1905.racias a estos esfuerzos y a la estabilidad de la moneda, que favorecía el ahorro, una incipiente clase media sentaba sus reales en los nuevos barrios y urdía sus nuevos prejuicios, ritos y hábitos, que rivalizarían con los de los habitantes del centro.

Fuente: Nuestro Siglo - Historia de la Argentinauenos Aires crece (1900-1914)
Págs. 21 a 31
Ediciones Diario Crónica 1994

Los obreros: su nivel de vida en Buenos Aires

... A principios del siglo la situación no había variado mayormente. En momentos de realizarse el censo de 1904 podía estimarse en cerca de 80.000 la cantidad de obreros en Buenos Aires. Los salarios industriales oscilaban entre $1 y $4 por día; las mujeres cobraban un mínimo de $0,80 y un máximo de $3; y los menores, de $0,30 a $1,20.

Los albañiles, numerosos entonces en Buenos Aires, no sobrepasaban los $3,30 por día, por supuesto que los oficiales, porque los peones apenas llegaban a obtener de $1,50 a $1,80 diarios.

Resta agregar que para valorar debidamente estos salarios es necesario considerar que excepcionalmente se trabajaban más de doscientos días al año.

Poca variación hubo en los años inmediatos siguientes. El aumento de los salarios no ha seguido paralelo al de los costos de artículos de primera necesidad y la habitación. El magro aumento conseguido por los obreros fue en virtud de las huelgas realizadas. El incremento de los salarios, escaso y poco sensible, no permite efectuar comparaciones de no tomarse períodos muy largos. Muchos gremios ganan hoy pocas variantes así se escribió en una publicación oficial del año 1911(b).

En 1908 el Departamento Nacional del Trabajo inició estudios acerca del presupuesto obrero. Ellos son suficientemente ilustrativos con respecto a lo que venimos afirmando. Veamos algunos ejemplos:

Obrero con mujer y dos hijos

Trabaja 25 días al mes, ganando un jornal de $4; su entrada mensual sería por lo tanto de $100. Sus gastos son: alquiler, $22; mercado, a razón de 0,50 por día: $15; pan, 1 1/2 kg., a $0,18; $8,10; almacén, $0,65 diarios: 19,50; leche, medio litro diario: $2,25; carbón, dos cuartillas de $1,20: $2,40; lavado, dos barras de jabón, $1; tranvía: $2,50; gastos varios: $10. Total: $82,75. Saldo a favor: $17,25.

Obrero con mujer y cuatro hijos

Alquiler, pieza más grande, $25; mercado, $0,60 por día, $18; pan, dos kg. por día $10,80; almacén, $0,60 por día, $18; carbón, 2 1/2 cuartillas, $3; lavado, tres barras de jabón, $1,50; tranvía, 25 días de trabajo, $2,50; ropas, $20; gastos varios,$10. Total: $108,80. Déficit: $8,80.

Las necesidades más apremiantes para este obrero le obligan a trabajar algunas noches. Supongamos que sea así: 20 días, a $4, por mes: $80; 6 noches, a $8, por mes: $48. Total: $128. Entonces sí, le queda un saldo a favor de $19,20.

Pero no siempre podían trabajarse 25 días al mes, y a veces tampoco 20. La enfermedad de un trabajador, aunque de corta duración pero suficiente para postrarlo en cama, constituía una verdadera calamidad para toda su familia.

Los cálculos ofrecidos fueron confeccionados por la repartición citada en el año 1908. En 1912 la situación no había mejorado. Tomemos otros dos ejemplos en la industria de la fundición. Ella agrupaba muchos obreros en Buenos Aires. Un oficial fundidor ganaba $4 a $4,50 por día.

Matrimonio con siete hijos

El padre es fundidor, y gana un jornal de $4,50. Trabajando 25 días al mes reúne un total de ganancias de $112,50; una hija mayor que trabaja de planchadora, 13 a 14 horas diarias, en 25 días gana $25. El total resultante es: $137,50. El resto de los hijos son pequeños y van a la escuela. Detallemos los gastos mensuales de esa familia:
Por dos piezas de madera, con poca comodidad:$ 45,00.-, Gastos de almacén: $ 48,00.-, 3 Kg. de pan por día: $ 19,00.-, Gastos de leche: $ 10,08.-, Carne y verdura: $ 22,00.- Carbón: $ 4,50.-, Desgaste de ropa interior y exterior para toda la familia: $ 25,00.-, Gastos de barbería: $ 2,00.-,Gastos de tranvía: $ 6,00.-, Por cotizaciones de sociedades, socorros mutuos, política, gremial: $ 2,80.-,Suscripción al diario: $ 1,20.-. Total: $ 185,58.

Matrimonio con dos hijos El jefe de la familia gana $4 por día, trabaja 25 días al mes, percibe en total $100 ; no tiene otras entradas. Sus gastos mensuales son: Alquiler de una pieza $ 25,00.-gastos de almacén $ 30,00.-, Carne y verdura $ 24,00.-, Pan $ 5,00.-, Leche $ 3,20.-, Carbón $ 3,00.-, Desgaste de ropa $ 15,00.-gastos de trabajo y barbería $ 8,00.-, Sociedad de socorro: él y la señora $ 2,50.-, Suscripción al diario $ 1,20.-, Sociedad de resistencia $ 0,50.- Tranvía $ 7,00.-. Total $ 124,40.- Hemos detallado el presupuesto de un oficial fundidor. Un medio oficial, adelantado, ganaba $2,80 a $3 por día; un buen rebarbador, $3 ; un peón, práctico en la fundición, $2,50 a $2,80 por día. Sus jornales son menores, pero no sus necesidades.

El aumento de los salarios entre 1904 y 1911 no mantuvo la proporción del costo de los alquileres. A un jornal $4, salario promedio para un obrero especializado en 1904, correspondía $5,50 en 1911, es decir que el aumento producido significaba proporcionalmente un 37,5%. El alquiler de una habitación costaba, término medio, $15 a $20, en 1904 ; en 1911 había aumentado, término medio, un 100%. En cuanto a las casas alcanzaban, en la mayoría de los casos, precios prácticamente prohibitivos para los trabajadores.

Con respecto al aumento de los artículos de consumo, las frecuentes oscilaciones experimentadas, a veces con un intervalo de días, dificulta su estudio en períodos muy largos ; sin embargo pueden efectuarse, aproximadamente, algunas comparaciones. La carne de vaca, por ejemplo, cuyo precio en 1904 era, según calidad, de $0,18 a $0,40 el kilogramo, costaba en igual relación, $0,25 a $0,80 en 1911. El pan de segunda, consumido por las familias humildes, de $0,12 a $0,15, había aumentado a $0,20, hasta $0,22. Las papas, que costaban $0,05 a $0,10, habían elevado su precio a $0,20. Los porotos, de un precio entre $0,15 a $0,25, costaban $0,45 en 1911 ; el arroz, de #0, 13 en 1904, costaba $0,15 en 1911, así otros artículos.

Para los datos correspondientes a 1904 fue utilizado como fuente principal el libro de Juan Alsina "El obrero en la República Argentina", Buenos Aires, 1905. Para el año

a. Storni, Pablo: La industria y la situación de las clases obreras en la capital de la República; en "Revista Jurídica y de Ciencias Sociales"; año XXV, tomo II, números 4, 5 y 6, Buenos Aires, 1908.
b. Boletín del Departamento Nacional del Trabajo; Vol. 5º. número. 19, Buenos Aires, 1911.
c. Boletín del Departamento Nacional del Trabajo; número. 21, año 1912.
1911, el Boletín del Departamento Nacional del Trabajo citado con anterioridad.
Tomado de: "Los trabajadores", de José Penettieri. Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18. Centro Editor de América Latina. 1982. Págs. 67 al 71.

La huelga de los inquilinos / LA REBELIÓN DE LAS ESCOBAS

... "Buenos Aires es una ciudad que crece desmesuradamente. El aumento de la población es extraordinario por preferir la mayor parte de los inmigrantes quedarse en ella a ir a vivir al interior del país, cuya fama es desastrosa.

Las pésimas policías de campaña; la verdadera inseguridad que existe en el campo argentino, del que son señores absolutos los caciques electorales, influyen en el ánimo de los europeos, aun sabiendo que hay posibilidades de alcanzar una posición económica desahogada con mucha mayor facilidad que en la capita, a quedarse en ésta, en la que de todas maneras hay más seguridad, mayor tranquilidad para el espíritu.

La edificación no progresa lo suficiente para cubrir las necesidades de la avalancha inmigratoria y esto hace que los alquileres sean cada día más elevados y que para alquilar la más mísera vivienda sean necesarios una infinidad de requisitos.

Si a un matrimonio solo le es difícil hallar habitación, al que tiene hijos le es poco menos que imposible, y más imposible cuantos más hijos tiene.

De ahí que las más inmundas covachas encuentren con facilidad inquilinos, ya que Buenos Aires no es una población en la que se ha dado andar eligiendo...

Desde muchos años atrás, esta formidable y casi in solucionable cuestión de las viviendas, había sido tema de batalla para los oradores de mitin.

Socialistas, anarquistas y hasta algunos políticos sin contingentes electoral, habían en todo tiempo clamado contra la suba constante de los alquileres, excitando al pueblo, ora a la acción directa, ora a la electoral, según que el orador era un anarquista o tenía tendencias políticas...

Un buen día se supo que los vecinos de un conventillo habían resuelto no pagar el alquiler de sus viviendas, en tanto que el propietario no les hiciese una rebaja. La resolución de esos inquilinos fue tomada a risa y a chacota por media población.

Pronto cesaron las bromas. De conventillo a conventillo se extendió rápidamente la idea de no pagar, y en pocos días la población proletaria en masa se adhirió a la huelga.

Las grandes casas de inquilinato se convirtieron en clubes. Los oradores populares surgían por todas partes arengando a los inquilinos y excitándoles a no pagar los alquileres y resistirse a los desalojos tenazmente.

Se verificaban manifestaciones callejeras en todos los barrios sin que la policía pudiese impedirlas, y de pronto con un espíritu de organización admirable se constituyeron comités y sub-comités en todas las secciones de la capital.

En los juzgados de paz las demandas por desalojos se aglomeraban de un modo que hacía imposible su despacho. Empezaron los propietarios a realizar algunas rebajas, festejadas ruidosamente por los inquilinos y sirviendo de incentivo en la lucha a los demása"....

(a) Reproducido por D. Abad de Santillán, La F.O.R.A., Buenos Aires, 1932.
Tomado de: "Los trabajadores", de José Penettieri, capítulo: "Los Obreros - su nivel de vida en Buenos Aires" Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18. Centro Editor de América Latina. 1982. Págs. 73 y 74.

La expansión urbana

Entre 1900 y 1914, Buenos Aires se extendió de tal manera que debe haber batido uno de los récords de expansión de este siglo. La ciudad de Buenos Aires, que según Charles Darwin, era en 1834 "la mejor trazada del mundo", incrementó entre 1869 y 1914 en un 742 por ciento su cantidad de habitantes y alrededor de un 733 por ciento sus unidades de vivienda. Claro que expandirse es más fácil que hacerlo bien. Pero Buenos Aires lo hizo o, mejor dicho, sus habitantes lo lograron de un forma admirable. Una prueba de ello surge de la sencilla observación de que si los inmigrantes comenzaron a llegar masivamente durante la década de 1880 y lo siguieron haciendo y cada vez más durante las tres décadas subsiguientes, hasta pasar con creces el millón, no fue precisamente para venir a vivir en condiciones comparativamente peores de las reinantes en sus países europeos de origen. Así es que en esta ciudad, en los años que van de 1904 a 1914 se construyen algo más de 31 m2 promedio por año por habitante que se agrega. Construcción sólida, si las hay, ya que entre 1887 y 1914, el 94 por ciento de los edificios es de ladrillo, en 1909 el 65 por ciento de las casas tienen cloacas instaladas, el porcentaje de casas con agua corriente es de 80 por ciento en 1904 y de 99 por ciento en 1914, la población que habita en conventillos pasa del 25 por ciento del total a fines del siglo XIX a menos del 10 por ciento en las cercanías de 1914. Los conventillos decrecen no sólo en porcentaje sobre el total de edificios sino en números absolutos. Mientras la población aumenta, acompañada de cerca por el crecimiento de la edificación, los propietarios de inmuebles en la ciudad crecen aún más.

Fuente: Nuestro Siglo - Historia de la Argentinauenos Aires crece (1900-1914)
Págs. 43 a 45
Ediciones Diario Crónica, 1994.

El fenómeno urbano

Trabadas de tal manera sus posibilidades de progreso, el inmigrante comienza a amontonarse en las ciudades portuarias de la Argentina, especialmente Buenos Aires, en ellas constituirá la base de un cambio mucho más profundo que el ocurrido en las pampas. Buenos Aires y en segundo término Rosario, serán los centros urbanos de mayor absorción de población. Principalmente la primera, prácticamente el único puerto de entrada para los europeos, distraerá la mayor parte de esa fuerza laboral para satisfacer las urgentes necesidades de servicios, construcción y producción que el crecimiento urbano y la prosperidad económica provocaban. Fue así cómo la manía por la modernización, generada por las mencionadas causas, creó mayores oportunidades de empleo para los millones de inmigrantes que llegaban a Buenos Aires (a) . Además, debe tenerse en cuenta la enorme atracción que la vida urbana, con su colorido, sus múltiples actividades y sus posibilidades económicas, ofrecía al recién llegado.

En los años 80 Buenos Aires dejaba de ser la gran aldea que nostálgicamente rememoraba Lucio V. López. Las 4.000 hectáreas de 1880 habían aumentado, con la incorporación de Flores y Belgrano, a 18.584 en 1887. El tranvía a caballos acortaba distancias, y nuevos barrios, alejados antes, se integraban a ese todo febril y pujante que comenzaba a ser la ciudad porteña.

Vendedor de maníes (1917)

El tranvía o "tranway", como se lo llamó durante largo tiempo, merece la dedicación de algunos párrafos. Fue indudablemente un sistema de transporte que convulsionó en su época a Buenos Aires, y que hoy, juzgado con perspectiva histórica, puede afirmarse que constituyó uno de los factores que contribuyeron al progreso de la ciudad.

Al asumir Sarmiento la presidencia de la República, Buenos Aires tenía pocas calles pavimentadas y un comercio localizado en el centro. Los únicos medios de transporte eran las diligencias y los lujosos carruajes que utilizaban las clases altas. En cuanto a las diligencias, uno de los medios de locomoción más usual entonces, no podía pedirse algo más incómodo para los pasajeros que ese vehículo de asientos estrechos que daban continuos saltos por la gran cantidad de baches que había en las calzadas, uniéndose a esa incomodidad el calor y el polvo durante el verano. Su capacidad permitía solamente la ubicación de 14 a 16 pasajeros, número tan reducido que "no alcanzaba a satisfacer las exigencias del público, un comentario de la época (b) . Luego agregaba: "Las señoras pocas veces hacían uso de ese vehículo, porque además de ir molestas tenían que aguantar las costumbres incultas de algunos pasajeros".

Los carruajes, en general, y los caballos eran otros medios de movilidad
Por Ley del 26 de octubre de 1868 surgió el tranvía. Para instalarlo hubo que vencer la oposición del público, reacio generalmente a toda innovación, y la de los empresarios de otros tipos de transporte, los cuales sentían amenazados sus intereses. Las principales objeciones efectuadas fueron: 1) No podrían salvar las pendientes de las calles.

2) Interrumpirían el tráfico ordinario.

3) Pondrían en peligro la vida de los peatones.

4) Causarían la depreciación de los terrenos por donde pasaran las líneas.

Su implantación y posterior uso barrió fácilmente con las tres primeras objeciones. En cuanto a la cuarta, se logró precisamente un efecto contrario; los terrenos y fincas por donde pasaba el tranvía se valorizaron enormemente, y más aún en los suburbios de la ciudad.

A diez años de su instalación, las líneas tranviarias alcanzaban un recorrido de 145.281 metros, siendo siete las compañías que prestaban el servicio. Lo interesante surge de la comparación con otras ciudades importantes del mundo. En 1879, Buenos Aires, con una población estimada en 220.000 habitantes, contaba casi con 146 Km. de vías; Nueva York -1.000.000- 121 Km.; Londres, habitada por 4.000.000 de personas, 91 Km.; Viena, 660.000 habitantes 22 Km.; Madrid, con 400.000 almas, solamente 6 Km.

(a) Scobie, James: ob. cit.
(b) Viglioni, Luis A.: Tranways en la ciudad de Buenos Aires, en "Anales de la Sociedad Científica". t. VII, año 1879. Buenos Aires, Imprenta Coni, 1879.
Tomado de: "Los trabajadores", de José Penettieri. Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18, pág. 31 a 33 - 36 y 37.

Servicios Públicos

Servicios públicos de enorme importancia comenzaban a ejecutarse en Buenos Aires. Aquel sueño de Rivadavia, ese proyecto de Pellegrini, Blumstein y Laroche, rechazado en su oportunidad, pronto iba a ser realidad. A la empresa del Ferrocarril del Oeste correspondió la iniciativa del primer servicio de agua corriente, llevando por medio de un caño agua del río desde la Recoleta al Parque. En 1868 se extiende a los particulares de las inmediaciones. En 1871, siendo gobernador Emilio Castro, la Legislatura bonaerense designa por ley una comisión que se hace cargo de la administración de las aguas corrientes; dicha comisión fue el origen de la Actual Dirección de Obras Sanitaria (a).

En 1874, el Ingeniero Bateman comienza la construcción de cloacas; ésta es suspendida inmediatamente como consecuencia de la crisis que aquejaba al país, siendo reanudada en 1882.

En 1857 comienza el empedrado. Por vía de ensayo el primer adoquinado de granito se construye en 1870 -calle Rivadavia entre San Martín y Reconquista-. Más tarde se lo construirá en un tramo de la calle Florida. El período 1880-1890 será testigo de su establecimiento en todo el centro de la ciudad. En 1880 comienza el afirmado de madera. En 1895 se ensaya el asfalto, siendo la primera de las cuadras asfaltadas la de la Piedad, hoy Bartolomé Mitre, entre Florida y San Martín; más tarde será adoptado como afirmado público.

En 1852 Buenos Aires alumbra sus calles utilizando aceite de potro. Un año más tarde se funda la Compañía Primitiva de Gas, y en 1856 se inaugura este tipo de alumbrado. En 1900, 14.082 faroles son mantenidos mediante dicho combustible. Un año antes a esta última fecha se había establecido el alumbrado eléctrico en los barrios centrales de la ciudad, y al siguiente las lámparas eléctricas de 1000 bujías eran ya 877, y las de menor poder luminoso 760. Los barrios apartados se alumbraban con faroles alimentados con querosene. El último de estos se extinguiría en 1931 (b).

... Buenos Aires más que nunca se valdría de su puerto; en sus muelles se abarrotaban, junto a las lanas y cueros ya tradicionales, la carne y poco después los cereales, productos que cruzando el océano harían conocer por tales características a la República Argentina. A ese puerto afluía la variada gama de productos extranjeros a los cuales, luego de haber inundado la ciudad, los ferrocarriles, convergentes en ésta se encargaban de diseminar por el interior, ahogando toda posibilidad de desarrollo industrial en las provincias. Todo iba a y desde Buenos Aires, y ésta, al compás de un movimiento febril cambiaba su fisonomía, destruyendo y construyendo, abriendo avenidas y levantando edificios, de tal forma que al decir de un observador, ya en la década del 80 "había perdido, a no ser el trazado de las calles que se resistía a alterar, el aspecto español que conservó durante 3 siglos" (c).

El citado Emilio Daireaux al afirmar que ninguna localidad del interior tenía propia porque ningún centro de población produce nada, agrega: "fuera de Buenos Aires no hay industria, en los pueblos y en las ciudades no hay más que artesanos que reciben las primeras materias, las herramientas y todos los objetos manufacturados del interior y reducen su industria a las necesidades privadas de la población en que residen. En la República Argentina no hay otras industrias que las agrícolas; los centros comerciales situados en la proximidad de la regiones productoras no tienen pues otra misión que la de reunir estos productos para remitirlos al exportados. Este exportador, como el importador, reside en Buenos Aires, siempre, algunas veces por excepción en Rosario y en La Plata".

De allí entonces que "la evolución comercial de Buenos Aires es pues la de un satélite que vive en la esfera de atracción de Europa, las otras ciudades y pueblos de la República son a su vez satélites de ese satélite"...

(a) Bilbao, Manuel: Buenos Aires, desde su fundación hasta nuestros días, Buenos Aires, Imprenta Juan A. Alsina, 1902.
(b) Bucich Escobar, Ismael: Buenos Aires Ciudad; Buenos Aires, 1936. También Cánepa, Luis: El Buenos Aires de antaño; Buenos Aires, 1936.
(c) Daireux, Emilio : Vida y Costumbres en la Plata; Buenos Aires, 1888.
Tomado de: "Los trabajadores", de José Penettieri. Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18, pág. 31 a 33 - 36 y 37.

Dos modos de vivir: la mansión y el conventillo

... Adrián Patroni conoció de cerca los conventillos. Así describe uno de ellos: "Imaginaos un terreno de 10 a 15 metros de frente (los hay que sólo tienen de 6 a 8) por 50 a 60 de fondo; algo que se asemeja a un edificio, por su parte exterior, o casa de miserable aspecto: generalmente un zaguán cuyas paredes no pueden ser más mugrientas, al final del cual una pared de dos metros de altura impide que el transeúnte se aperciba de las delicias del interior. Franquead el zaguán, y veréis dos largas filas de habitaciones, en el centro de aquel patio cruzado por sogas en todas direcciones, una mugrienta escalera de madera pone en comunicación con la parte alta del edificio. El conjunto de piezas, más bien que asemejarse a habitaciones, cualquiera diría que son palomares; al lado de la puerta de cada cuarto, amontonados en completo desorden, cajones que hacen las veces de cocina, tinas de lavar, receptáculos de basuras, en fin, todos los enseres indispensables de una familia, que por lo reducido de la habitación forzosamente tienen que quedar a la intemperie. En la parte alta del conventillo la estrechez es mayor, pues no teniendo los corredores más que un metro o metro y medio de ancho, apenas queda espacio para poder pasar.

"Las habitaciones son generalmente de 3 x 4 metros de altura, excelentes piezas, cuando llegan a tener una superficie de 4 x 5. Esas celdas son ocupadas por familias obreras, la mayoría con 3, 4, 5 y hasta 6 hijos, cuando no por 3 o 4 hombres solos. Adornan estas habitaciones dos o tres camas de hierro o simples catres, una mesa de pino, algunas sillas de paja, un baúl medio carcomido, un cajón que hace las veces de aparador, una máquina de coser, todo hacinado para dejar un pequeño espacio donde poder pasar las paredes, que piden a gritos una mano de blanqueo, engalanadas con imágenes de madonas o estampas de reyes, generales o caudillos populares, tales son, en cuatro pinceladas, los tugurios que habitan las familias obreras en Buenos Aires, los que a la vez sirven de dormitorio, sala, comedor y taller de sus moradores.

"Pocos son los conventillos donde se alberguen menos de ciento cincuenta personas. Todos son, a su vez, focos de infección, verdaderos infiernos, pues el ejército de chiquillos en eterna algarabía no cesan en su gritería, mientras los más pequeñuelos, semidesnudos y harapientos, cruzan gateando por el patio recogiendo y llevando a sus bocas cuanto residuo hallan a mano; los mayorcitos saltan, gritan y brincan, produciendo desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche un bullicio insoportable" (a)....

... Ahora bien, comparando esta última cifra (1904) con la correspondiente a 1887 es notable la disminución operada en la cantidad de conventillos existentes en Buenos Aires; disminución que si bien es sensible en sentido absoluto, mucho más lo es aún en relación al aumento de población habido entre los dos censos.

Una serie de factores influyeron en esa disminución. Las demoliciones que fue necesario efectuar para abrir la Avenida de Mayo, y la consiguiente transformación y embellecimiento de los barrios céntricos, a los que debe agregarse el constante aumento de los alquileres, determinaron que gran cantidad de familias pobres, en busca de alojamientos más baratos, iniciaran su éxodo hacia los arrabales de la ciudad. El tranvía, en mayor proporción cuando fue eléctrico, contribuyó también a esa descentralización (b).

Entre 1904 y 1909 la población de la capital federal se había incrementado en 286.604 habitantes; ese aumento absoluto en cinco años representaba una proporción del 5,91% anual.

Asimismo, en el último de los censos mencionados pudo notarse el considerable crecimiento de los barrios periféricos, y el poco aumento de los céntricos -algunos hasta habían disminuidos su población....

... La posibilidad de adquirir lotes de terreno pagándolos a largo plazo hizo que muchos llegaran a convertirse en propietarios, y ése fue otro motivo de atracción; aunque muchas veces la necesidad de lograr terrenos más baratos los hizo fácil presa de los especuladores que les vendieron los bajos e inundables, de suelo impermeable, con pozos de agua común y servida, a solo 3, 4 o 5 metros de la superficie.

Además, esta nueva radicación de pobladores se había producido sin tener en cuenta los elementos concurrentes necesarios a una población que crecía en densidad, es decir: servicios de agua corriente, cloacas, pavimentos y alumbrado. Fue así como en los bañados y bajos de Barracas, San Cristóbal, Flores, Vélez Sarsfield y San Carlos; en los terrenos anegadizos de San Bernardo, Palermo o en los bajos de Belgrano y Saavedra, se levantaron en pocos años muchos centros de población que carecían de los principales servicios de salubridad ( )....

() No debe extrañarnos tanto tal estado de cosas medio siglo atrás, si en la actualidad muchas ciudades que han crecido en extensión carecen también de servicios principales. Además no debemos olvidar las llamadas villas miserias.

(a) Patroni, Adrián, Los trabajadores en la Argentina; Buenos Aires, 1898.
(b) Gache, Samuel, ob. cit.
Tomado de: "Los trabajadores", de José Penettieri. Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18. Centro Editor de América Latina. 1982. Págs. 45,46,48 y 50.

Más hombres que mujeres

El Departamento de Informaciones Estadísticas de la "Revista de Economía Argentina" ha hecho saber que en mayo último nuestro país contaba con una población de 5.191.000 mujeres y 5.809.000 hombres. Es decir, un total de once millones sobre los cuales el sexo fuerte tendría una representación mayor en 618.000 a la del sexo llamado débil.

Si se persiste en las comparaciones, resulta que la Argentina posee 1.119 hombres por cada mil mujeres, correspondiéndole así el porcentaje mundial más elevado. En cantidad con respecto a las mujeres, los hombres de la Argentina aventajamos a los de Canadá, India Inglesa, Unión Sud Africana, Nueva Zelandia, Estados Unidos, Australia y algunos pocos países donde la mujer suma menos que el hombre. En cambio, en Europa se da la contraria, pues en todo el continente es mayor la cifra de mujeres que la de varones, hasta llegar a Rusia donde "nosotros" somos 890 por cada mil de "ellas".

Aplicando las cifras aludidas a la población metropolitana con 2.100.000 habitantes, tendríamos que la población metropolitana es cinco veces menor que la de todo el país; de donde los hombres serían 1.0662.000 y las mujeres 1.038.000. Quiere decir, entonces, que Buenos Aires, siempre ateniéndonos a las cifras que conocemos cuenta con 24.000 hombres más que mujeres.

La cifra no es, en realidad, alarmante, como tampoco puede pretenderse que el cálculo sea exacto; pero es inevitable la convicción de que en la capital argentina hacen falta mujeres, varios miles de mujeres, para que su número quede equilibrado con el de los hombres -casi como si dejáramos para que cada uno de ellos tenga la suya...

Tomado de: Todo es Historia, Nº 225 Pág. 71

La vivienda y la salud

... Los sucesivos censos municipales muestran la persistencia del déficit habitacional. Comprobamos a través de ellos que el ritmo de las construcciones no acompañó el crecimiento demográfico, originando la falta de habitaciones y el consiguiente aumento de los alquileres. No es extraño que en tales condiciones, los hábitos higiénicos de los ocupantes dejaran mucho que desear. El problema, que ya fuera advertido por Rawson, persistió durante todo el período que estudiamos, preocupando seriamente a los higienistas. Wilde, por ejemplo, marcaba la necesidad de aumentar el número de baños públicos; decía en 1877: "Además de taller higiénico y de la casa cómoda, debe proporcionarse a la población laboriosa medios de aseo que aseguren su salud. La administración lo ha comprendido así en algunas partes y ha establecido como en Londres y en algunas ciudades de Francia, baños y lavaderos públicos donde los pobres podían limpiar su cuerpo y lavar su ropa, mediante una insignificante remuneración.

El baño, tan sin razón rechazado en varias partes, por la ignorancia más lamentable, sirve para mantener en buen estado las funciones del más extenso y más poderoso órgano de absorción del cuerpo humano. La suciedad de la piel -subrayaba- no sólo impide las exhalaciones de los cuerpos, venenos de la sangre capaces de engendrar mil enfermedades, y de favorecer por lo tanto, a la larga, la aparición de epidemias o la prolongación de las existentes."/Op. cit., 382-383/ Cuarenta años después, los cambios eran muy pocos significativos. En 1918 Coni insistía en la necesidad de aumentar el número de baños públicos y mejorar sus instalaciones. Los que existían entonces eran tres, anexados a los lavaderos municipales. Funcionaban de 7 a 11 a.m. y de 1 a 5 p.m.; eran totalmente gratuitos y en invierno disponían de agua caliente. Durante 1916, sus visitantes -hombres y mujeres- sumaron 44257, número insignificante si se tiene en cuenta la población que por entonces tenía la ciudad.

Algunos cuadros tragicómicos nos revelan la falta de hábitos de aseo personal en la época; vemos en Rawson: "No queremos dejar sin pasar sin referir un incidente ligero ocurrido en un hospital europeo, que pinta un cuadro de los muchos que vemos diariamente, caracterizados por la falta de limpieza corporal. He aquí el breve diálogo del médico encargado de la sala con el enfermo que acababa de entrar al hospital para ponerse bajo sus cuidados. El enfermo tenía 30 años, había sido soldado, y examinado, como reminiscencia retrospectiva, su vida anterior, declaró también que era casado. Observando el médico que el cuerpo de su cliente mostraba indicios de no haber sido lavado con frecuencia, preguntóle si había pasado mucho tiempo sin bañarse. Respondió que se había bañado una sola vez en toda su vida. Admirado el médico de este hecho extraño, le dijo inmediatamente: Por supuesto, que ese baño lo tomaría Ud. el día de su casamiento. -No, señor doctor, contesto el enfermo: ese día no me bañé; el único baño de mi vida fue para presentarse al acto de enrolamiento, porque sin bañarme no me habrían admitido.

El tipo caracterizado por aquel soldado y aquel esposo, poco limpio, no es extraordinario, concluye Rawson; y entre las personas que pasan a nuestro lado y entre los enfermos que acuden a nuestros hospitales, no sería difícil encontrar más de uno que se pareciera bajo este aspecto al individuo mencionado. Y si éste, y aquellos hubiesen tenido en su hogar modesto las corrientes atractivas y cariñosas del agua fresca, es casi seguro que habrían interrumpido sus habitudes, y que, a lo menos, el famoso soldado de la historia habría tomado un baño y lavándose prolijamente en aquel día en que debía unir su ser a la que iba a se la compañera de su vida." /Ob.cit., 173-175/ De allí, el interés de los higienistas en difundir el hábito del baño en el pueblo, que no lo tenía. La escuela, pensaban, podía contribuir a ello mediante la instalación de baños escolares. Así lo propuso al Consejo Nacional de Educación el inspector Pablo Pizzurno, en una nota del 2 de diciembre de 1907: "Tal vez fuera conveniente hacer instalaciones especiales más grandes y completas en locales determinados de edificios escolares y estratégicamente distribuidos en distintos barrios de la capital y de manera que pudieran concurrir a cada uno de ellos, no sólo una escuela, sino grupos de escuelas por turno.

Sin referirme a otras ventajas de este sistema -indicaba el inspector- hasta señalar las que se refieren al menor número de instalaciones que habrá que costear, a la perfección de éstas, a la mejor organización del servicio con un menor número de empleados, éstos mejor elegidos. Como consecuencia de todo, una gran economía en los gastos y lo que importa más, la posibilidad de hacer, en mucho menos tiempo, que el beneficio inapreciable del baño, alcance a un número infinitamente mayor de niños". El "beneficio inapreciable del baño" era desconocido, evidentemente, por la generalidad de los niños de escasos recursos, lo que explica esta modesta aspiración con que se conformaba Pizzurno: "Si, como sucede en algunas ciudades europeas que tienen baños en las escuelas, nos conformáramos con un solo baño de aseo mensual, cabría entonces reducir las instalaciones a la mitad, en cada local, con el correspondiente ahorro en los gastos y en el espacio ocupado, no obstante lo cual no sería menor el número de niños beneficiados." El pedido, al igual que otros que intentaban compensar desde las escuelas algunas de las ineficiencias más notorias de la vida popular, no fue atendido por el Consejo.

También se propició la instalación de baños en las fábricas, para uso de su personal y en los cuarteles, para la tropa. En este último caso, con gran éxito, ya que hacia 1920 las unidades militares de reciente instalación contaban con excelentes servicios sanitarios....

Tomado de: "La higiene y el trabajo/1 (1870-1930)" de Héctor Recalde. Biblioteca Política Argentina, pág. 37 a 39.

• Primera versión 3 de julio del 2010. Corregida y actualizada.

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