2016

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Martes, 25 Octubre, 2016 16:11
 
 

Si supiese qué es lo que estoy haciendo, no le llamaría investigación, ¿verdad?

Albert Einstein

Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres. / Heinrich Heine (1797-1856) Poeta alemán.

 

 

EL TIEMPO EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

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P {pre}
vis {vis}
vie {vie}

 

"¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir 'amor, amor', y que debían los pueblos pedir como piden pan".

Federico García Lorca

“Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos”.

Sir Francis Bacon

 

 

LEOPOLDO MARECHAL Y CASTINEIRA DE DIOS

BREVE BIOGRAFÍA DE LEOPOLDO MARECHAL

Por Elena Luz González Bazán especial para Villa Crespo Digital

25 de octubre del 2016

Nace en Buenos Aires, el 11 de junio de 1900 y muere el 26 de junio de 1970, dejando una obra literaria que comprende poesía, novelas, teatro y ensayos. Fue maestro y profesor de enseñanza secundaria. En los cursos de cultura católica fue adoctrinado en teorías platónicas y aristotélicas que, aplicadas por él a la estética, se reflejan en sus novelas y ensayos de la madurez, pero que ya habían sido anticipadas por su ensayo "Descenso y ascenso del alma por la belleza" (1939). En este libro Marechal revela la influencia que sobre sus teorías ejercieron las lejanas figuras de San Isidoro, San Agustín y Platon.

Es dable destacar que en la primera etapa de su vida literaria prevaleció la poesía.

Pero, Marechal fue narrador, poeta, dramaturgo y ensayista argentino vinculado inicialmente al vanguardismo, aunque luego se orientó hacia posturas filosóficas neoplatónicas y de carácter nacionalista, es el autor de la importante novela Adán Buenosayres (1948).

Aunque esencialmente porteño, Marechal mantuvo estrecho contacto con la vida rural de Maipú, ciudad de la provincia de Buenos Aires, a la que iba a visitar a su tío, acompañándolo en sus viajes por el interior. Allí le llamaban "Buenos Aires", nombre que adoptaría para el protagonista de su famosa novela.

El poema que entregamos pertenece a Castiñeira de Dios…

BREVE BIOGRAFÍA DE JOSÉ MARÍA CASTINÑEIRA DE DIOS

Nace el 30 de marzo de 1920 en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego. Muere el 2 de mayo del 2015.
Fue poeta, escritor, funcionario público en el campo de la Cultura. Su maestro fue Leopoldo Marechal.

A los 18 horas y hasta su desaparición física produjo más de 20 libros, entre ellos: Del ímpetu dichoso (1942), por el que obtuvo el Primer Premio de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires,
En el 2009 publicó su obra completa en poesía en un tomo que tituló Obra, 1938 - 2008, y que editó la Universidad Nacional de Lanús.

Es considerado uno de los poetas más representativos de la "Generación del 40".
En 1983 la Sociedad Argentina de Escritores le otorgó la “Faja de Honor” por su producción literaria y en 2003 el Gran Premio de Honor “por su obra literaria, su permanente apoyo a los escritores argentinos, su desempeño como Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y su ejemplaridad ética”, se dicen en los considerandos.

En el 2003 la Legislatura de la provincia de Buenos Aires le otorgó el premio Martín Fierro “por su trayectoria literaria y su invalorable aporte a la cultura bonaerense”. También en 2003, la Fundación Argentina para la Poesía le otorgó el Gran Premio de Honor “por su valiosa e importante trayectoria y por el aporte que ello ha significado en el desarrollo de nuestra cultura”.

Posteriormente es galardonado por la Cámara de Diputados de la Nación, el Instituto Nacional Sanmartiniano y la Legislatura de Ushuaia. También en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y el Senado de la Nación. Un ferviente militante del peronismo desde tiempos de Perón fue admirador de Leopoldo Marechal.

AMISTAD CON LEOPOLDO MARECHAL

Se conocieron desde 1949, entablaron una amistad profunda y cuando fallece, Leopoldo Marechal, le escribe este Responso…


FUENTES: varias y propias.

Caracteres: 8703



RESPONSO PARA MI MAESTRO LEOPOLDO MARECHAL

POR JOSÉ MARÍA CASTIÑEIRA DE DIOS

No con llantos ni pena te despido, maestro.
Yo no sería digno
de tu pedagogía
si tan sólo una lágrima de amargura o de sal
derramara en tu muerte.
Allá entre las billardas de la infancia me diste
una lección alegre como el rostro de Dios
y rompiste en mi crisma
las albricias del júbilo.
Entonces me dijiste:
la muerte es un viaje
del nacer, una alegre
travesía hacia el día de la resurrección;
que lloren los que quieren
viajar sin pasaje,
sin pagarle al Señor sus peajes de amor;
esos son saltamontes o “colados” del Cielo.
No sé si estas palabras
fueron tuyas o mías;
brincan ante los ojos absortos de mi alma
como el gozo del fuego
o como el resplandor de los relámpagos
en la celebración de las tormentas.
Es que, caro maestro,
no me sentaste en vano sobre tus dos rodillas
- las del alma y del canto -
en esos patios escolares
donde te tuve a tiro
y solté de mis hondas los versos iniciales
que te hicieron mirarme con lástima y amor
porque nacía ante tus ojos
un destino de llanto.
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

II
Perdoname si ahora
me apeo del respeto protocolar que siempre
te rendí con el gesto de un aprendiz machucho
y entro familiarmente a tutearte y palmearte,
ya que somos dos muertos:
vos andás remontando tu ascenso hacia la vida;
yo llevo en las valijas del alma el contrabando
de una muerte ordinaria.
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

III
Y ahora mano a mano, maestro,
hemos quedado.
Parlemos de las cosas que acanalamos juntos
con ese amor indescifrable
del ebanista y la madera;
la Patria, por ejemplo, que nos hurtó avarienta
sus lujos litográficos.
No fue para nosotros esa gorda gloriosa
de las viejas estampas;
de niño me mostraste sus pechos verdaderos
reventones de espigas y carnaza;
su leche, me dijiste, sabe a mieles y acíbar.
La Patria fue en tu sueño
de alfarero una tierra de moldear día a día,
fue «un dolor sin bautismo»
y una alondra en la espera de su primer gorjeo.
La Patria, me dijiste, “ha de ser una hija
y un miedo inevitable”.
Y yo te vi abrigarla como a una niña pobre,
desnuda en su pavor,
como si presagiaras
la muerte numerosa que cayó entre los nuestros
y el castigo impiadoso de las persecuciones.
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

IV
También te vi reír
junto a los asadores
y saltaba tu pipa, como un clown, en tu boca,
mientras templabas la amistad
y su hierro candente
con la sabiduría
de tu abuelo el herrero de las aguas cantábricas.
Y te vi engayolar, febrilmente, a las Musas
en tu exilio porteño
de la avenida Rivadavia, solo con Elbiamor,
cuando ardían las hojas de tu otoño y caían
las últimas escamas de tu vida ordinaria
y empalomabas las palabras
en el edén que te inventaste
para rajar del mundo.
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

V
Y yo te vi, maestro
de guardapolvo blanco,
acariciar las ancas de la Patria en los mapas,
y te vi cabalgar su hermosura piafante,
firmes tus piernas sobre el lomo arisco,
calzados tus talones con espuelas de bronca
como si la incitaras a saltar,
tensa en su exaltación, hacia días mejores.
Cuarenta ojos infantiles
eran tus aparceros y argonautas
en esos días escolares,
y yo estaba entre ellos
y te rodeaba con mis brazos como a un árbol sonoro
para robar tus frutos
y el rumor de tu sombra.
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

VI
Recuerdo aquella tarde
cuando el sol dibujaba sus rayuelas brillantes
sobre los patios grises de la escuela de Trelles:
yo te vi levantar los dos brazos al cielo,
y eran como aleluyas,
y eran como dos naves con las velas al viento,
y eran, tal vez, dos aves que soltó el Paraíso.
Y entonces me dijiste:
Has de saber, muchacho,
que tendrá más espinas que flores tu viaje;
que el poeta es tan sólo
un voceador de Dios, y tu oficio es vocear
con un gesto de garza
que juega el equilibrio sobre una sola pata.
Has de saber, Joseph,
esta regla dorada de la Hermana Pobreza.
Ahora despepita
las uvas (¡y están verdes!)
de la risa y el canto;
tenga tu marcha el aire de un caballo pasuco,
bello como la estampa de un pájaro que hablara
y lánzate hacia el mundo: ¡toda la luz es tuya!
Yo escuché esas palabras como una epifanía;
aún las guardo, entre migas de pan, en mis bolsillos
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

VII
Desde mis muchos años
puedo dar vuelta al tiempo, su clepsidra de arena,
y verte como acaso me viste y contemplarte
como un hijo que advierte que su padre es un niño
en los pañales de su corazón,
y quiere preservarlo
de penas y dolores
y limpiarle de piedras el camino y pedirle
que se cuide de todo
y especialmente de la vida
y de su herida absurda.
¡Ah, si acaso pudiera
desovillar el tiempo!
Tal vez te aconsejara
retornar al exilio
y montar nuevamente
aquel centauro inaugural
que un día jineteaste
bajo el signo imperioso de nuestra Cruz del Sur.
Tal vez te aconsejara
partir de nuevo, Adán,
a reventar la noche
y alborear esas calles que dan a los suburbios,
para alzar del olvido sus destinos frustrados.
¡Ah, si acaso pudiera
librarte de maldades,
para que sólo fueras
esa guitarra ardiente
que rasgueabas en medio
de un colmenar de sordos y transeúntes distraídos!
(Mi responso no quiere ser un paño de lágrimas.)

VIII
Ha llegado la hora de decirte “hasta luego”.
Quiero, amado maestro,
dejar así las cosas como fueron y son
-“sólo es fatal en nuestra patria joven”-
y alzar mi vaso lleno de buen vino carlón
y decirte: Maestro,
¡hasta que llegue el día
de juntarnos allí donde nadie hace sombra!
(Buenos Aires querido, guárdalo en tu memoria.)


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