2017

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Martes, 26 Septiembre, 2017 22:29
 
 

Si supiese qué es lo que estoy haciendo, no le llamaría investigación, ¿verdad?

Albert Einstein

Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres. / Heinrich Heine (1797-1856) Poeta alemán.

 

 

EL TIEMPO EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

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"¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir 'amor, amor', y que debían los pueblos pedir como piden pan".

Federico García Lorca

“Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos”.

Sir Francis Bacon

ARTE Y CULTURA / ADOLFO BIOY CASARES

 

ADOLFO BIOY CASARES
 
15 DE SEPTIEMBRE DE 1914
 
Por Elena Luz González Bazán especial para Villa Crespo Digital

26 de septiembre del 2017 *

BREVE BIOGRAFÍA Y ALGUNOS TEXTOS CORTOS

Adolfo Bioy Casares nace el 15 de septiembre de 1914, desde muy joven demuestra la vocación literaria escribiendo a los once años su primer libro, una novela cuyo título era “Iris y Margarita” plagio de "Petit Bob" de Gyp. Esta obra la realiza para una prima, estaba profundamente enamorado de ella. A los catorce años escribe el cuento “Vanidad o una aventura terrorífica”.

Con tan solo 18 años, en 1932, en la casa de Victoria Ocampo conoce a Jorge Luís Borges, de quien será siempre su amigo, además de realizar creaciones conjuntas casi siempre bajo el seudónimo “H. Bustos Domecq” y el de Borges era B. Suárez Lynch.
Así produjeron “Un modelo para la muerte”, “Dos fantasías memorables” y las “Crónicas de Bustos Domecq”, entre otros.
Su familia de hacendados bonaerenses le da también la oportunidad que cuando escribe Prólogo en 1929, su padre además de revisarlo lo manda a imprimir. En 1933 publicó el volumen de cuentos Diecisiete disparos contra lo porvenir.

Se vincula con la Revista SUR donde estaban Borges, las hermanas Ocampo y otros escritores de la época.
 
Según sus biógrafos Bioy Casares reniega de sus escritos anteriores, entre ellos las narraciones La estatua casera (1936) y Luis Greve, muerto (1937).

Una década después, tiene otras obras como los relatos
La trama celeste (1944),
El perjurio de la nieve (1948) y
Las vísperas de Fausto (1949),
La novela Plan de evasión (1945), que relata una diabólica propuesta del Dr. Castel, gobernador de la isla del Diablo y discípulo de William James, consistente en practicar sobre unos prisioneros una nueva teoría de la percepción.

Con la colaboración de Silvina Ocampo escriben la novela policíaca: Los que aman, odian en 1946.

Con Jorge Luis Borges dirigen la  prestigiosa colección del género El Séptimo Círculo y los tres compaginaron la Antología de la literatura fantástica (1940).

En el decenio de los cincuenta publicó los cuentos de
Historia prodigiosa (1956) y
Guirnalda con amores (1959).
El sueño de los héroes (1954), quizás afirman su mejor novela que narra cómo una pandilla de amigos recorre los suburbios de Buenos Aires durante los tres días del carnaval de 1927 en busca de aventuras y diversiones; años después el protagonista, Gauna, intenta regresar al pasado ignorando que el viaje puede originar el despliegue de posibilidades anteriormente evitadas.

Los cuentos de El lado de la sombra (1962),
El gran Serafín (1967) y
El héroe de las mujeres (1978).
Por otra parte, Breve diccionario del argentino exquisito (1971) es una observación sobre el lenguaje.

Obras posteriores de Bioy Casares son las novelas
La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985) y
los cuentos de Historias desaforadas (1986) y
Una muñeca rusa (1991).
En la década de los noventa publicó la novela
Un campeón desparejo (1993);
los libros de recuerdos Memorias.
Infancia, adolescencia y cómo se hace un escritor (1994) y
De jardines ajenos (1997) y
el volumen de cuentos Una magia modesta (1998).

En 1940, publica su obra más conocida, “La invención de Morel” y se casa con la escritora Silvina Ocampo.
En 1969 se difunde “El diario de la guerra del cerdo” llevada luego al cine por el cineasta Leopoldo Torre Nilson.
También, entre otras obras, escribe “Historias fantásticas", "El héroe de las mujeres", “Dormir al sol”, “Libro del cielo y del infierno”.

Fue galardonado en 1975 con el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y en 1990 recibe, en España, el premio Cervantes. Se lo distinguió como Miembro de la Legión de Honor de Francia (1981)
En 1986 es declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.
 
Fallece el 8 de marzo de 1999 en la Ciudad de Buenos Aires.

LA INVENCIÓN DE MOREL

Se trata de una narración en primera persona que está ambientada en una isla desierta. Se mezclan el amor, la idea de la inmortalidad y otros aspectos, hay un fugitivo que llega a la isla donde vive Faustine.
Maquinaria, inmortalidad, fantasía, ficción se mezclan, se recrea un ser humano que debe morir previamente. Un final para recrear y pensar…

 

ADOLFO BIOY CASARES

 

TEXTOS BREVES


MICRO CUENTOS

 

RETRATO DEL HÉROE

Algunos al héroe lo llaman holgazán. Él se reserva, en efecto, para altas y temerarias empresas. Llegará a las islas felices y cortará las manzanas de oro, encontrará el Santo Grial y del brazo que emerge de las tranquilas aguas del lago arrebatará la espada del rey Arturo. A estos sueños los interrumpe el vuelo de una reina. El héroe sabe que tal aparición no le ofrece una gloriosa aventura, ni siquiera una mera aventura -desdeña la acepción francesa del término- pero tampoco ignora que los héroes no eluden entreveros que acaban en la victoria y en la muerte. Porque no se parece a nuestros héroes criollos, no sobrevive para contar la anécdota. ¿Quiénes la cuentan? Los sobrevivientes, los rivales que él venció. Naturalmente, le guardan inquina y se vengan llamándolo zángano.

FIN

 

LA SALVACIÓN

Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. “¿Cómo un ser tan ínfimo” -sin duda estaba pensando el tirano- “es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?” Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. “Por humildes que sean” -dijo indicando al pájaro- “hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros”.

FIN

 

  • Primera versión el 8 de septiembre del 2010. Trabajo ampliado, corregido y actualizado.

 

FUENTES: varias, ciudadselva y otras fuentes y propias.

Caracteres: 15.174

CUENTOS CORTOS

MARGARITA O EL PODER DE LA FARMACOPEA

No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:

-A vos todo te sale bien.

El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:

-No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.

-El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho -contestaba.

-Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.

-No el triunfo -me interrumpía- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.

A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de “Caras y Caretas”, la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.

Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.

Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.

-Margarita no tiene la culpa.

Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

 

EL CASO DE LOS VIEJITOS VOLADORES

Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora. El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció “porque el destino lo quiso”.

En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.

Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más atractivos, más convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna medida, con la complicidad de la familia.

En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no se le mira la boca.

La comisión bicameral, para peor, resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.

Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas viajó en mayo y en junio.

“En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas” me contestó. Me presenté en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.

Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al principio (la contestación variaba entre “Ni idea” y “El hombre me suena”), pero finalmente un adolescente me dijo “Es una de las glorias de nuestra literatura”. No sé cómo uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me contestaran: “¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra literatura”.

Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven confirmó en lo esencial la información. En realidad me preguntó:

-¿Usted es arqueólogo?

-No, ¿Por qué?

-¿No me diga que es escritor?

-Tampoco.

-Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.

-Me parece que usted no le tiene simpatía.

-¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes son para el señor o similares.

Resolví visitar al viejo. No fue fácil. En su casa, invariablemente, me decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con él. “Quisiera preguntarle algo”, contesté. “Acabáramos”, dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. “¿Está seguro? preguntó.

“Segurísimo” dije. Me citó ese mismo día en su casa.

-Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?

-¿Usted es médico? -me preguntó-. Sí, viajo demasiado y sé que me hace mal, doctor.

-¿Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le devolverán la salud?

-¿De qué operaciones me está hablando?

-Operaciones quirúrgicas.

-¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.

-Entonces, ¿por qué viaja?

-Porque me dan premios.

-Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.

-Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.

-¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?

-Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.

-La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.

-Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran. Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.

-A mí puede decirme cualquier cosa.

-Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.

 


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