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ENRIQUE RODRÍGUEZ LARRETA

Producción Periodística Villa Crespo Digital 

3 de julio del 2018

1875 – 1961

Este ensayista, narrador, dramaturgo y poeta argentino era descendiente de una familia patricia, nació en Buenos Aires en 1875, y muere en su ciudad natal el 6 de julio de 1961.

Por sus grandes recursos económicos pudo viajar desde muy joven por Europa, donde se impregnó de la cultura literaria francesa y recibió la influencia de los autores contemporáneos más destacados (especialmente, de las obras de Pierre Lous y Paul Groussac).

Sus estudios se orientaron hacia las leyes, y, una vez acabada, pasó a formar parte del cuerpo diplomático de su país. Su vinculación al mundo de las letras se puso enseguida de manifiesto en sus colaboraciones en las publicaciones literarias de su tiempo (v. gr., Caras y caretas y La biblioteca).

Su primera narración, Artemis (1896), ambientada en la Grecia clásica, presenta ya ese estilo refinado que triunfará en su obra posterior.

Su mayor éxito narrativo lo constituye la novela histórica titulada La gloria de don Ramiro (1908), reconstrucción minuciosa de la España del siglo XVI. El amaneramiento y preciosismo del lenguaje vertido en esta gran novela la convierten en una de las piezas emblemáticas de la narrativa modernista hispanoamericana.

Obtuvo premios y condecoraciones en nuestro país y en el extranjero. En 1919, la ciudad española de Ávila designó a una de sus calles con el nombre del escritor argentino.

Habitaba como es de esperar en una lujosa residencia de la calle Juramento, magnífica expresión de arquitectura y de moblaje español.

En 1926 dio a la imprenta Zogoibi (es decir, "el desventurado", alias que se aplicó al rey Boabdil cuando perdió Granada), donde el virtuosismo lírico de La gloria de don Ramiro deja paso a un estilo realista y preocupado por la introspección psicológica.

Larreta refleja en Zogoibi el esnobismo de la aristocracia criolla, en nítido contraste con la sencillez de las gentes de su entorno rural. En esta novela, los personajes de las clases privilegiadas se convierten en paradigmas de una nostalgia inmovilista y caduca, nostalgia de una grandeza antigua de la que ya sólo queda su huella cultural.

Muchos años después, en 1953, Enrique Larreta publicó la novela Gerardo o La torre de las damas, que tuvo una repercusión mucho menor que las citadas anteriormente. Antes habían aparecido sus ensayos sobre la vida contemporánea española, titulados Las orillas del Ebro (1949). Su producción en prosa se complementa con dos libros de memorias: Tiempos iluminados (1939) y La naranja (1947).

Como poeta, escribió unos sonetos que fueron muy celebrados, sobre todo los reunidos en su poemario La calle de la vida y de la muerte (1941). En general, toda su obra poética muestra una notable influencia de la tradición renacentista española, actualizada con los matices del simbolismo francés y del impresionismo pictórico.

Larreta destacó también como autor dramático, con obras como La que buscaba don Juan (1923), El linyera (1932), Santa María del Buen Aire (1935), Pasión de Roma (1937) y Las dos fundaciones de Buenos Aires (1939).

Es importante destacar que su obra está orientada en grandes rasgos hacia una vida de las clases altas, las nostalgias que sobrellevan una vez transcurrido el tiempo y la rememoranzas por el tiempo pasado. En contraposición, se encuentran las clases sumergidas, las rurales, urbanas, las que estaban al servicio de esas formas de vida ostentosa y muy alejadas de las penurias diarias.

 Caracteres: 5307

EL GAUCHO

Es un misterio inmenso, ilimitado
que le sigue, se aleja, le precede,
como el mismo horizonte. Nada puede
refrenar su veloz, su desgarrado

correr, cuando parece que un alado
viento le lleva. Cuando él sigue y cede
a ese goce brutal, y suelta adrede
blanda la rienda al potro desbocado.

Furor que se prolonga y se resbala
sobre el otro furor. Él es la vida
toda, toda la suerte, buena o mala,

de la gran soledad. Sueño infinito
que dispara ante sí, como perdida
boleadora, su afán, su amor, su grito.

 

EL POZO

Son dos sombras inmóviles junto al brocal. Un trozo
de barro queda apenas de aquel nido de hornero.
¡Cuántas y cuántas veces, besándose primero
con la emoción del agua, bebieron de este pozo!

Ella baja los párpados y, sin mirarla, el mozo
le dice con tristeza: “¡Malhaya el forastero
que me robó mi bien y malhaya el dinero!”
Es su voz más que voz un varonil sollozo.

Se han juntado sus manos. Llora la sangre, llora
bajo la piel morena; mientras ella, al instante,
“Fue la vida –responde-, no fui yo la traidora.”

Luego los dos se inclinan sobre el profundo espejo.
Él la mira allá abajo celestial y distante.
Pureza del no ser en el ser de un reflejo.

 

LA GITANA

Vete, vete, gitana, la de los peines rojos.
Gitana, la gitana, la del olor impuro.
Florero de claveles. Zacatín de los piojos.
Pero no, no te vayas. Aquí tienes el duro.
Aquí tienes mi mano. Clava, clava tus ojos,
clávalos en los míos, si quieres. Yo te juro
sobre tus amuletos y quebrantacerrojos
y chusquines robados, que no temo el conjuro
de tus pestañas, aunque todos saben que pones
en ellas cierto dengue de hollín, cierto agorero
tiznajo de candiles, con sus invocaciones.
¡Ah! gitana de almíbar, pegajosa y lejana
como tu voz, ¡ah!, vete, vete cuanto antes. Pero
no te vayas aún, no te vayas, gitana.

 


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